CAMINATA #1
Iguazú
Mañana brumosa en la costanera de Puerto Iguazú. Camino una hora siguiendo el río, que corre displicente. La humedad y el silencio lo envuelven todo. En un descanso miro hacia abajo y aparece una imagen nítida: ¿y si tiro la llave? ¿y el celular? ¿y la plata? Veo la escena entera: regreso al hospedaje, domingo, nadie para abrir; duermo en el zaguán, envuelto en la ropa que llevo puesta. Nadie vendrá a rescatarme. No por tragedia, sino por pura realidad. La pregunta queda vibrando: ¿qué representa exactamente cada una de esas cosas que cargo como si fueran parte del cuerpo?
Las pertenencias no son objetos; son permisos de pertenencia. La llave autoriza el paso de la calle al interior; el celular abre la malla de coordenadas que me localiza, que me vuelve alguien para los demás; el dinero es el comodín que convierte casi cualquier no-hogar en un hogar transitorio. Si en el regreso a mi ciudad puedo salir sin billetera, es porque la red de amarras invisibles ya está tendida: vecinos, recorridos, hábitos, precios conocidos, la copia de una llave en casa de un hermano. El hogar es, ante todo, una reducción de contingencia.
Tirar la llave al río, en cambio, es un gesto de exilio mínimo. Un ritual pobre pero efectivo: suspende el privilegio de abrir una cerradura. ¿Qué protege esa cerradura? Techo, pertenencias, ese conjunto de garantías que permite dormir sin sobresalto. La cerradura guarda objetos, pero también defiende la continuidad de una vida no interrumpida. ¿Cuántas capas de cerraduras llevamos, más allá del bronce y el acero? Claves, contraseñas, agendas, títulos, saludos de pasillo. La pregunta no es si son malas; la pregunta es cuántas necesitamos para no perder el hilo sin convertirnos en puro hilo.
Pienso en la caminata misma. Dormir fue sedación plena. La marcha, en cambio, es una sedación tónica: baja ruido, sube la permeabilidad a lo que aparece. El impulso de tirar la llave no es una fantasía destructiva, sino un detector de amarras: señala los puntos exactos donde mi vida depende de un metal pequeño. Luego llega la tormenta de ideas y corta la sedación: se abren preguntas, la activación sube sin desborde. Escribir—este tipo de escritura breve, inacabada—funciona como contenedor: no cierra del todo, pero le da forma a lo que de otro modo se dispersaría. No me duerme; me organiza.
En el camino, otra imagen: la basura como preparador de ambiente para humanos. Una bolsa plástica atascada en un arbusto dibuja un hito; un conjunto de envases apilados insinúa banco, mesa provisoria, área de descanso; el sendero se limpia donde el pie evita el vidrio. La basura no es solo residuo: es infraestructura involuntaria. Produce bordes, define lo transitable, introduce micro-arquitecturas del uso. En ecología llamamos “ingenieros del ecosistema” a especies que modifican el ambiente de modo que otros organismos pueden habitarlo. Nuestra basura, con su gramática tosca, ingenieriza márgenes: convierte un tramo de costanera en un lugar de paso eficiente para los que vamos con prisa, y en un lugar de evitación para los que preferimos la sombra limpia. Preparar ambiente es también preparar conducta.
Más adelante, la planicie frente a mí trae otra idea: aquí el río deposita; allá, donde el relieve se alza, el viento se concentra y la selva lo cubre. Planicie: ambiente de deposición. Montaña: ambiente de concentración y defensa. No es raro que el hogar se busque donde el flujo se calma y deja algo; así también yo deposito hábitos, libros, objetos, para que el viento de los días no me arrastre entero. Pero toda planicie acumula; de vez en cuando conviene barrer, vaciar, tirar. Tal vez el gesto simbólico de arrojar la llave sea ese barrido mental: recordarme que el hogar no es el depósito, sino la relación que ordena el depósito.
Me acuerdo del barco abandonado que solía llamarme la atención. Hoy paso y no me detiene. Antes me atraían las ruinas, como si la promesa estuviera en lo que ya fue. Ahora sospecho que mi mirada cambió de escala: menos fetiche del óxido, más microdecisiones sobre dónde pongo el pie. Entre la épica del naufragio y la práctica de seguir caminando, elijo lo segundo. Quizá porque toda épica, si no se encarna en un paso, se queda posando para la foto.
Vuelvo al tema de las amarras. No quiero vivir sin ellas: no soy héroe, no soy asceta, no juego a la indigencia. Lo que busco es medir su tensión justa. Demasiada amarra y me convierto en objeto de mis objetos; demasiada soltura y no duermo. Si el bonding—los vínculos—son una forma de sedación, elijo las sedaciones que conservan lucidez: las caminatas, las conversaciones sin agenda, las páginas que no clausuran. Las otras sedaciones (las que aplanan hasta la mudez) prefiero reconocerlas temprano y tomar menos.
Termino la hora y el río sigue siendo río. No tiré la llave. No hacía falta. Bastó imaginar su caída para ver el sistema entero: cómo se sostiene mi vida, cuántas cerraduras cuido, cuántas puertas me sostienen. El hogar, pienso, no es el lugar que me evita la intemperie, sino el que me enseña a entrar y salir sin perderme. Hoy salí. Volveré. Mañana, otra caminata. Otra pregunta que amarra lo suficiente como para no caer, y suelta lo suficiente como para que valga la pena andar.
Para seguir andando…


