Diez mil pies
Desde diez mil pies, desde antes de que existiéramos. La tierra cambia su pulso.
Desde mi nube, siempre he contemplado la llanura.
Durante miles de años los charcos estacionales aparecían y desaparecían como respiraciones lentas; los bosques se extendían y contraían siguiendo los caprichos del clima. Eran cambios suaves, reconocibles, casi del orden del sueño. Después de la última glaciación vi retirarse el blanco que tanto extrañaría… aquel silencio indiferente, ese frío que transmitía una calma imposible de conciliar con los días templados.
También veía incendios naturales cuando los veranos eran largos, lenguas rojas que recorrían la sabana y la renovaban. Fuego, brote, fuego, brote. Un ritmo antiguo. Hasta que un día dejaron de aparecer. La llanura había perdido su capacidad de arder, como si un pulso esencial hubiera quedado dormido.
En mi nube nunca encontré criaturas dignas de verse desde tan alto. Apenas bacterias que viajaban conmigo en filamentos de humedad, algún insecto arrastrado por el viento. Los perezosos gigantes y las manadas de herbívoros que alguna vez distinguí desde arriba se habían extinguido antes de que yo aprendiera siquiera a recordarlos.
Por eso me sorprendió cuando empezaron a aparecer cambios nuevos, distintos a cualquier ciclo anterior.
Una mañana vi puntos oscuros moviéndose rápidamente por la llanura. No seguían senderos naturales: corrían sobre líneas rectas, líneas recientes, rígidas, trazadas sobre la tierra con una precisión ajena al paisaje. A plena luz del día los puntos eran sombras veloces; con la caída del sol se encendían, volviéndose puntos luminosos que cruzaban la noche como si arrastraran pequeños fragmentos de estrella.
Nunca había visto criaturas moverse tan rápido.
Nunca había visto criaturas que dependieran de un trazado previo para avanzar.
Me desconcertó más aún cuando las líneas rectas empezaron a conectarse entre sí, formando una red geométrica que ningún río, ningún viento, ninguna raíz podría haber construido. Era como si estos seres extendieran una fina capa mineral bajo sus cuerpos, endureciéndola, y sólo entonces se deslizaran encima, obedeciendo patrones invisibles.
Desde diez mil pies sólo podía inferir.
No veía cuerpos, sólo señales.
Las señales sugerían un organismo colectivo, una colonia expandiéndose con orden y urgencia. Las manchas luminosas se hacían más densas, los charcos desaparecían drenados, los bosques retrocedían ante la trama recta que avanzaba sin detenerse.
Y entonces ocurrió algo que jamás había visto.
La colonia enferma
Una tarde, los puntos se detuvieron.
Primero unos pocos, luego muchos, hasta que una franja entera quedó inmóvil.
Allí quedaron, apilados unos contra otros, incapaces de avanzar. Me pregunté si se trataba de una enfermedad colectiva, una parálisis de la colonia o una falla en el camino que ellos mismos parecían fabricar. Algunos intentaron retroceder, otros escapar hacia los bordes, otros simplemente quedaron atrapados en el bloque inmóvil.
Era un comportamiento caótico, propio de un organismo en crisis.
Pero al caer la noche, la masa comenzó a disgregarse lentamente. Y al amanecer siguiente los puntos volvieron a moverse con naturalidad, como si nada hubiera ocurrido. Nunca supe qué los detuvo, ni qué los liberó. Sólo que incluso las criaturas más veloces tienen momentos de fragilidad.
No mucho después aparecieron otras presencias.
Eran enormes incluso para mis ojos distantes, rectangulares, rígidas, avanzando muy despacio sobre los campos ya nivelados. No seguían las líneas rectas, las ignoraban por completo. A diferencia de los puntos móviles, estas estructuras parecían alimentarse del propio relieve.
Donde pasaban, la tierra cambiaba de textura. Lo ondulado se volvía plano, lo alto se volvía raso, lo vivo se volvía uniforme. Su movimiento era tan lento como constante, casi ceremonial. Al verlos avanzar en paralelo, pensé en una cacería silenciosa.
No tenían cabeza, ni extremidades, ni boca.
Pero devoraban.
Y su presencia coincidía con la desaparición definitiva de los incendios.
La sabana se volvió demasiado limpia, demasiado ordenada, demasiado húmeda como para arder. Fue entonces cuando comprendí que estos depredadores lentos cumplían un rol que antes perteneció al fuego.
Un día vi algo más extraordinario aún.
Una sombra inmensa atravesó el cielo. Un cuerpo rígido, alado, bajando desde otra altura con un murmullo grave que hacía vibrar el vapor de mi propia piel. Sus alas no batían, sino que cortaban el aire con una perfección que nunca había visto en ningún ser vivo.
Pasó a mi lado y deshizo parte de mi borde con la turbulencia de su paso.
No pertenecía a la llanura.
Era un viajero de la atmósfera, un ser alado que no necesitaba superficies para avanzar.
Lo seguí hasta el horizonte, maravillado por su independencia del suelo.
Si los otros seres necesitaban construir su camino para moverse, éste era lo opuesto: un nómada del cielo, ajeno a la geometría terrestre.
Nunca supe si tenía relación con los seres de las luces.
Tal vez no pertenezcan a la misma especie.
Tal vez ni siquiera se conozcan entre sí.
Pero desde ese día su recuerdo envuelve al cielo con un misterio más vasto.
Hoy la llanura respira de otro modo.
Las líneas rectas la recorren como venas recién trazadas.
Los puntos móviles laten sobre ellas como glóbulos de luz.
Los depredadores lentos siguen afinando la superficie.
Los incendios ya no nacen.
Los charcos duran menos.
Los montes son raros.
Nada de esto me resulta triste por lo que es.
Nada en la naturaleza tiene obligación de permanecer igual.
No conozco el bien ni el mal: sólo los cambios, las texturas, los ritmos.
Pero sí siento nostalgia por lo que fue.
Echo de menos la irregularidad, el desorden suave del relieve antiguo.
Echo de menos el fuego que caminaba sobre la hierba.
Echo de menos los glaciares que ya no veo.
Echo de menos la respiración lenta de una llanura aún joven.
Ahora su pulso es distinto.
No menos válido, no menos verdadero.
Sólo distinto.
Desde mi nube sigo observando.
Cada forma nueva merece ser mirada.
Cada línea recta, cada luz nocturna, cada sombra alada en el cielo forma parte de esta historia que cambia, como cambié yo, como cambiaré otra vez cuando el viento me lleve.
No lamento nada.
Pero recuerdo todo.
Y a veces, recordar es suficiente.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Narrativas sobre el fin de la naturaleza, la tecnosfera, el lenguaje y la melancolía sistémica, para entender por qué nos volvimos así.
Esto no empezó acá.
Viene desde El Pulso del Colapso

