¡Esa No!
El nene tenía cuatro años y un plan que nadie le había enseñado. Caminaba en puntas de pie, como si temiera despertar a la casa, y se agachaba con torpeza frente al sillón doble del living. Metía la mano por debajo, tanteando entre pelusas, monedas viejas y un olor agrio que no sabía nombrar. Entonces sus dedos chocaron con algo frío… vidrio. Una botella de vidrio grueso, con una bebida blanca en su interior.
Una tras otra, sacaba botellas. Decenas. Botellas a veces con apenas un fondo, a veces conpletamente vacías. Las iba apilando como si fueran bloques de juguete a su lado. El silencio era pesado, como si alguien estuviera conteniendo la respiración. O algo.
Cada vez que agarraba una botella con apenas un fondito de líquido, nada ocurría. Apenas el sonido del vidrio golpeando el piso.
Pero cuando encontraba una con un poco más…
Desde la oscuridad bajo el sillón salía una mano.
Una mano con un brazo flaco, pálido, casi gris.
Los dedos se enroscaban en su muñeca suavemente, pero con firmeza. El nene apenas podía moverla.
Entonces, una voz cansada, somnolienta, decía:
—Esa no.
Sin enojo. Sin amenaza. Como si el mundo fuera simple y sólo existiera una regla: esa botella, no.
El nene no entendía, pero obedecía. Soltaba. La mano desaparecía bajo el sillón como un animal regresando a su madriguera. Y él niño seguía buscando otra.
Vidrio contra vidrio. Las botellas iban amontonándose. La pila ya parecía una montaña. El living, una fábrica silenciosa de tensión.
Hasta que encontró una distinta: pesada, fría, llena de líquido hasta la mitad. Un remolino blanco se agitó dentro al moverla, como si algo se despertara.
El nene sonrió. Estaba a punto de ponerla en la cima de su montaña cuando la mano apareció, esta vez más rápido, más crispada. Los dedos se clavaron en su piel.
La voz ya no era cansada.
—¡ESA NO!
El rugido era tan intenso que pareció mover el aire. La botella vibró. El nene forcejeó. Sus ojos se llenaron de lágrimas. La mano tiró con más fuerza. El nene gritó. La botella se le resbaló de los dedos.
No hubo estallido de vidrio.
En cambio, debajo del sillón sonó algo húmedo, un crunch viscoso, como si unos dientes invisibles hubieran cerrado la boca sobre algo blando.
El nene lanzó un berrido agudo, y se quedó completamente paralizado.
Y entonces, la voz rota desde abajo del sillón dijo algo nuevo:
—Ya te lo expliqué mil veces, hijo. Esas no son para vos.
La mano soltó.
El nene corrió.
El sillón quedó quieto.
El terror doméstico no empezó acá.
Ya estaba en Estática


