Incómodos
Siempre me incomodaron los que no podían sostenerse solos. No lo decía en voz alta, pero estaba ahí: en la forma en que evitaba mirarlos demasiado, en la rapidez con que resolvía su presencia. Eran demasiados, siempre. Y aparecían donde menos falta hacían.
No pedían nada de manera explícita, y sin embargo todo en ellos era demanda. Espacio, atención, tolerancia. Se acumulaban en los márgenes, insistían, volvían. Uno podía ignorarlos un tiempo, pero tarde o temprano había que hacer algo.
Algunos decían que exageraba. Que bastaba con correrlos, con dejarlos ser. Que tenían derechos. Esa frase siempre me resultó sospechosa. ¿Derechos concedidos por quién? ¿En virtud de qué esfuerzo, de qué mérito?
Yo prefería resolver el problema de raíz. Sin escándalo. Sin dramatismo. Con la misma concentración con la que se ordena un depósito o se descarta lo que ya no sirve. Nunca lo viví con violencia, era un simple mantenimiento.
Me reprochaban la falta de compasión. Decían que no todos parten del mismo lugar, que hay condiciones que no se eligen. Como si eso cambiara algo. La fragilidad no transforma la ocupación en necesidad; sólo la vuelve más molesta.
A veces me detenía a observarlos. Su movimiento errático, su tendencia a agruparse, esa persistencia casi automática. No parecía haber intención, sólo repetición. Como si cada uno fuera intercambiable con el siguiente.
Fue recién entonces cuando entendí por qué me costaba verlos como individuos.
Porque no lo eran.
No había historias ahí, ni proyectos, ni conciencia. Eran cuerpos mínimos, insistentes, apareciendo donde podían, sobreviviendo por pura inercia. Poco más que mugre móvil.
Bichos, dirían algunos con desprecio. Yo ni siquiera llegaba a eso. Para mí eran un incordio.
Y aun así, cuando todo quedaba en silencio, cuando el espacio volvía a ser completamente mío, aún percibía algo de esa mugre en mi interior.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Narrativas sobre el fin de la naturaleza, la tecnosfera y la melancolía sistémica, para entender por qué nos volvimos así.


