Interferencia
Cuando la televisión deja de ser un archivo del pasado para convertirse en el lugar donde algo nuevo intenta nacer.
Las cintas llegaban desde depósitos olvidados del Estado, canales quebrados, archivos universitarios y estudios inundados. Cajas metálicas llenas de óxido magnético. Décadas de televisión muerta.
Un conductor económico de 1968.
Una periodista cultural de 1983.
Un comentarista bélico de 1979.
Un locutor científico de 1994.
Un presentador nocturno de 2001 cuya sonrisa había permanecido famosa después de su suicidio al aire.
Nunca se conocieron.
Algunos habían muerto décadas atrás.
Pero el Proyecto de Integración Semántica no necesitaba personas vivas. Necesitaba patrones.
Durante meses las máquinas analizaron millones de fragmentos: pausas respiratorias, velocidades de parpadeo, microtensiones faciales, estadísticas de persuasión, tonos asociados inconscientemente a credibilidad, miedo o calma.
Los ingenieros dejaron de hablar de individuos.
Empezaron a hablar de componentes.
“La curva empática.”
“La autoridad paternal.”
“La ironía tolerable.”
“El coeficiente tranquilizador femenino.”
“La firmeza post-traumática.”
Todo terminó ensamblado dentro de un sistema de render analógico llamado VIRTUD-5.
No generaba imágenes limpias.
Al contrario.
Necesitaba imperfección electrónica para existir.
El presentador sólo podía manifestarse correctamente dentro de monitores CRT.
En pantallas modernas se veía falso.
Plano.
Pero en los tubos viejos…
Ahí cobraba profundidad.
Las líneas horizontales ascendían lentamente sobre su rostro. Pequeñas distorsiones deformaban la boca y luego la corregían. El brillo fluctuante hacía que distintas edades aparecieran debajo de la piel electrónica.
A veces parecía hombre.
A veces mujer.
A veces ambos simultáneamente.
La periodista de 1983 emergía durante una sílaba suave.
El comentarista bélico endurecía la mandíbula durante frases políticas.
La sonrisa del suicida aparecía apenas medio segundo antes de desaparecer bajo interferencia.
Pero nunca dejaba de mirar al frente.
Siempre directamente al espectador.
Como si del otro lado del vidrio hubiera algo que necesitara mantener inmóvil.
—Buenas noches.
La voz tenía capas.
No armonías: capas.
Cinco épocas hablando al mismo tiempo debajo de una única superficie pulida.
—La incertidumbre social es una percepción estadísticamente comprensible.
Las líneas del CRT subían.
El cuello vibró un instante.
Por debajo del rostro integrado apareció fugazmente otro rostro femenino atrapado en nieve electrónica.
Y volvió a hundirse.
Los técnicos comenzaron a notar efectos extraños después de las primeras transmisiones públicas.
La audiencia dejaba el televisor encendido aunque no estuviera mirando.
Muchos dormían frente a la pantalla.
Otros reportaban la sensación de que el conductor seguía hablando incluso con el volumen apagado.
Una mujer juró haber visto al presentador observándola desde el reflejo oscuro del monitor apagado.
Otro hombre afirmó que las opiniones del conductor aparecían en su cabeza horas antes de ser pronunciadas al aire.
Pero lo peor ocurrió en la Sala de Archivo.
Un operador rebobinaba cintas viejas buscando material descartado cuando descubrió algo imposible.
En grabaciones anteriores a la creación del proyecto…
Ya aparecía el presentador integrado.
No completo.
Fragmentos.
Una expresión.
Una mirada fija a cámara.
Una entonación imposible.
Como si la entidad hubiera estado formándose lentamente dentro de la televisión durante décadas, utilizando millones de rostros humanos como etapas intermedias.
Esa noche revisaron transmisiones todavía más antiguas.
Siempre ocurría lo mismo.
Entre interferencias.
Entre líneas horizontales ascendentes.
Por apenas un fotograma.
La cara estaba ahí mirando desde el fondo de la señal.
Esperando terminar de ensamblarse.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Narrativas sobre el fin de la naturaleza, la tecnosfera y la melancolía sistémica, para entender por qué nos volvimos así.
Esto no empezó acá.
El Ouroboros tiene su cabeza hacia Los cazadores de oxitocina


