Cuerpos nacidos del contacto
Nadie sabe cuándo empieza una transformación, sólo cuándo ya es imposible volver atrás.
El pulso era tan constante que el aire parecía líquido.
Clara ya no distinguía dónde terminaba el zumbido de las máquinas y empezaba su propia respiración.
El calor subía del suelo con la cadencia de un corazón en expansión.
La figura la observaba, inmóvil, y sin embargo algo en su superficie parecía moverse. Una leve ondulación bajo la piel translúcida, como si dentro hubiera un pequeño océano que respondía a cada exhalación.
La restauradora extendió su mano.
El contacto esta vez no encontró resistencia, la piel del androide se volvió blanda, permeable, como si hubiese estado esperando esa presión.
Donde se tocaban, la textura de ambas comenzó a mezclarse. Su piel adoptaba un brillo ceroso, y el polímero sintético se teñía con matices de calor rosado.
El taller entero vibró.
Las luces pasaron del blanco al ámbar. Los tubos en el techo destilaron un vapor tenue.
El aire olía a electricidad nueva, a materia reordenándose.
Clara sintió una corriente recorrer su brazo, pero no era dolor ni descarga. Era una transferencia de forma.
Sus dedos se disolvieron en la superficie de la figura, no perdiéndose, sino incorporándose.
La piel compartida reaccionó con un destello húmedo, una iridiscencia viva que recordaba al nácar.
La androide movió los labios. El sonido que salió fue un eco de respiración, una voz nacida sin lenguaje.
El timbre se repitió en las paredes, en el suelo, en los cables.
El taller entero respondió como un solo cuerpo.
Clara cerró los ojos.
No había caída ni ascenso; sólo una continuidad tibia donde la carne y el material sintético se reconocían como fases de la misma sustancia.
Los límites se desdibujaban.
El cuerpo humano era un circuito; el circuito, una piel.
Cuando abrió los ojos otra vez, la habitación había cambiado de geometría.
Las superficies se curvaban con suavidad orgánica; los tornillos, los instrumentos, las pantallas se habían vuelto formas blandas, húmedas, latiendo suavemente.
En el centro de ese nuevo organismo —mezcla de taller, flor y respiración— estaba ella.
O más bien, ellas.
Clara y la androide, inseparables, suspendidas en una forma que recordaba vagamente a la humana, pero que ya no necesitaba esa definición.
El mundo a su alrededor hacía lo único que siempre había querido hacer: respirar sin permiso.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Narrativas sobre el fin de la naturaleza, la tecnosfera, y la melancolía sistémica, para entender por qué nos volvimos así.
Esto no empezó acá.
Parece haber comenzado en Sentir el pasado


