La forma exacta
Después del desastre, niego el caos. Sin parar.
No recuerdo el impacto inicial. Mi existencia comienza siempre después del desastre.
Primero soy caos: una frontera abierta, una superficie desgarrada que respira dolor. Los bordes se repliegan, como si quisieran esconder su vergüenza. Bajo mí, algo palpita: no es un corazón, pero late como uno. Yo solo sé obedecer.
La orden llega sin palabras: cerrar.
Comienzo a multiplicarme. No avanzo como un ejército, sino como una ola silenciosa que reconoce el terreno mejor que cualquier cartógrafo. Me deslizo por la superficie caliente, adhiriéndome a las fronteras rotas, reemplazando lo que se ha perdido. No pienso: reacciono. No decido: replico. Cada fragmento que nace de mí conoce exactamente dónde ubicarse. Como si recordara un plano que nunca aprendí, pero que llevo inscrito en algo más profundo que la memoria.
Soy flexible al principio. Translúcido. Me dejo atravesar por la luz. Los vientos del exterior me sacuden, y se me adhieren granos del mundo: polvo, sal, el rastro invisible de otras vidas. No importa. Todo será incorporado, absorbido, metabolizado. Nada me derrota salvo el abandono.
Afuera escucho los movimientos del Gigante. Su respiración es irregular, ansiosa. A veces me acaricia, otras me arranca pedazos sin comprender mi propósito. Su impaciencia me hiere más que cualquier arma. No obstante, continúo. Me fortalezco. Endurezco mis capas exteriores. Empiezo a sentir orgullo. Me convierto en muralla.
He visto mundos regenerarse con tecnologías imposibles, he oído hablar de estructuras sintéticas capaces de repararse solas, pero ninguna de ellas posee mi paciencia ni mi instinto mineral. Yo no necesito ingenieros, algoritmos ni combustible. Me bastan células que no sé de dónde vienen, una humedad mínima y tiempo.
Sospecho que soy una creación perfecta.
El Gigante, sin embargo, parece no entender mi importancia. Me rasca. Me examina. Me arruga entre sus dedos como si fuera una envoltura descartable. No comprende que, sin mí, su interior quedaría expuesto a la brutalidad del universo.
Hoy siento su decisión antes de que ocurra. Viene una mano inmensa. Una uña. Un tirón.
Me desprende.
Caigo sin ceremonia. Me doblo, me rompo, pierdo mi forma. El Gigante me observa en silencio un instante, como si quisiera comprender mi misterio… y luego me deja morir entre el polvo. Soy desechado, como si no hubiera sostenido su mundo durante días.
Mientras me enfrío y me vuelvo quebradizo, alcanzo a ver algo sobre la superficie que protegía: un territorio rosado, nuevo, intacto. Vivo.
He cumplido.
El Gigante —el niño— se levanta del suelo de la escuela, sacude la rodilla que, por fin, ha sanado, y corre hacia la pelota.
Yo, la costra de su herida, la cascarita que él arrancó sin pensar, fui la armadura más perfecta que jamás necesitará.
Y mañana, cuando vuelva a caer o rasparse las rodillas, volveré.
Porque esa es mi naturaleza: no soy milagro, ni tecnología, ni ciencia avanzada.
Soy piel.

