La Migración de los Sasquatch andinos
Dicen que las montañas guardan criaturas que solo aparecen antes de un invierno feroz. Ese día, en la frontera andina, vimos pasar a los pobladores más antiguos de la cordillera.
Era un día frío y despejado en la ruta patagónica. El colectivo avanzaba serpenteando por el corazón de la cordillera de los Andes, rodeado de imponentes montañas cubiertas de nieve. La mayoría de los pasajeros, aún algo somnolientos, miraban distraídos por las ventanas. Al llegar al paso fronterizo, la marcha se detuvo.
A lo lejos, sobre las cimas escarpadas, algo rompió la monotonía del paisaje. Inicialmente, parecía una fila de puntos oscuros moviéndose contra el blanco de la nieve, casi imperceptibles. Algunos pasajeros comenzaron a señalar, intrigados.
—¿Qué será eso? —preguntó alguien desde el fondo del colectivo.
Los puntos se hicieron cada vez más visibles, y pronto se delinearon como figuras altas, robustas, cubiertas de un espeso pelaje. Caminaban erguidas, con un paso rítmico y pesado, como si fueran una manada sincronizada. Era una migración, pero no de animales comunes.
Los murmullos dentro del colectivo se transformaron en un silencio sepulcral cuando todos entendieron lo que estaban viendo: era un grupo de Sasquatch andinos, o como algunos lugareños los llamaban, los patones de la cordillera.
Con cada paso, las criaturas se acercaban más. Sus figuras eran imponentes, sus brazos largos balanceándose con naturalidad mientras sorteaban los riscos con una agilidad sorprendente para su tamaño. No parecían agresivos, pero su mera presencia era suficiente para erizar la piel de cualquiera.
El guía del viaje, un hombre curtido en historias de la región, murmuró en voz baja:
—Nunca pensé que llegaría a verlos tan cerca. Dicen que migran así cuando el invierno va a ser especialmente duro.
Las criaturas no se desviaron hacia el colectivo. Parecían seguir un camino trazado por generaciones, una ruta invisible que cruzaba montañas y quebradas. Pasaron a pocos metros de donde estábamos, sus ojos oscuros y penetrantes mirando fugazmente hacia nosotros.
Algunos pasajeros sacaron sus teléfonos para tomar fotos, pero el guía los detuvo con un gesto urgente.
—No les molesten —dijo con seriedad—. Ellos no buscan problemas, pero si sienten amenaza…
El último de los Sasquatch cruzó el paso, girando por un momento su cabeza hacia nosotros antes de desaparecer tras un grupo de rocas. El aire quedó cargado de una extraña mezcla de asombro y alivio.
El colectivo permaneció en silencio un rato más, como si todos estuvieran procesando lo que acababan de presenciar. Nadie tenía palabras suficientes para describir aquel encuentro surrealista en las alturas de los Andes. La cordillera, una vez más, había demostrado ser un territorio lleno de misterios que desafiaban la lógica.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Narrativas sobre el fin de la naturaleza y la melancolía sistémica, para entender por qué nos volvimos así.
Esto recién comienza.
La cola del Ouroboros está hacia El Pulso del Colapso


