Los Desconectados
Año 2075
La detuvieron a mitad de la avenida, justo antes del arco de escáneres.
—Ciudadana, alto ahí —dijo el guardia, alzando una mano enguantada.
Ana frenó la bicicleta con un chirrido suave. Tenía los pantalones manchados de grasa, la mochila medio rota y un mapa de papel que asomaba por el cierre abierto.
El arco luminoso, al fondo, vibraba en tonos azules y verdes mientras la gente pasaba sin esfuerzo: cada uno alzaba el celular, una luz blanca los escaneaba… bip, acceso concedido. La corriente humana avanzaba. Ana no.
El guardia ladeó la cabeza.
—Escanee su dispositivo.
—No tengo —respondió ella.
Siempre venía la misma parte. El silencio breve. La sospecha automática.
—¿Extravio, robo o daño? —preguntó él, recitando el protocolo—. Podemos rastrear su IMEI si…
—No tengo nunca —lo interrumpió ella, sin agresividad—. No uso celular.
El segundo guardia, una mujer con casco espejado, se acercó. Del dron que flotaba sobre ellos cayó un rayo de luz blanca sobre la mochila de Ana.
—Abra el bolso, por favor —pidió la mujer.
Ana se agachó, respirando hondo. Sacó primero los billetes arrugados, un puñado de monedas de metal que tintinearon contra el asfalto. Después el cuaderno, atado con una gomita. Finalmente, el mapa plegado en cuatro, con líneas dibujadas a mano y pequeñas cruces en tinta roja.
El guardia alzó una ceja.
—¿Eso es… papel?
—Sí.
—¿Y esto? —La mujer tomó el cuaderno y hojeó—. ¿Rutas escritas a mano? ¿Nombres de calles?
—Me orienta mejor que tu señal —dijo Ana, encogiéndose de hombros.
El dron emitió un leve zumbido. En el visor de la agente se encendió un indicador rojo.
—Registro de ciudadana sin dispositivo —informó el dron con voz neutra—. Comportamiento fuera de protocolo. Posible evasión del sistema.
—¿Qué ocultas? —preguntó la agente, repitiendo la frase que Ana ya conocía de memoria.
—Nada. Voy a casa de mi abuela —mintió con calma—. Vive fuera del anillo de servicio. Allí la señal falla.
El guardia miró a su compañera. Hubo un segundo de duda. Palmadas de pasos con celulares en alto seguían pasando por el arco; nadie se detenía a mirar.
—Sabés que es peligroso —dijo él, bajando la voz—. Si te pasa algo, el sistema no puede localizarte. No podés pedir ayuda.
Ana sostuvo su mirada.
—¿Y si no quiero que me localicen?
La mujer le devolvió el cuaderno.
—No podemos obligarte hasta los veintiuno —dijo, con un dejo de fastidio—, pero quedás registrada como desconectada voluntaria. Si volvemos a encontrarte evitando los corredores seguros, vamos a tener que elevar el informe.
—Agradecida —contestó Ana, guardando el mapa y el cuaderno en la mochila.
Montó la bicicleta sin mirar atrás. Cruzar por el arco no era una opción; sin celular, el sistema la marcaría como anomalía y bloquearía las compuertas. Así que tomó el desvío: un callejón estrecho, fuera del campo de los escáneres, donde el suelo todavía era de baldosas rotas y no de pavimento inteligente.
Mientras se alejaba, escuchó el eco del megáfono del dron:
—Recuerda: la conexión es protección. Espera tu turno. A los veintiún años, tu mente estará lista.
Ana apretó los dientes.
—Claro —murmuró—. Lista para la jaula.
II
En casa, la jaula tenía nombre y estaba sobre la mesa.
La pantalla del celular de Marta iluminaba la cocina con un brillo helado. Ocho ventanas abiertas: trabajo remoto, videollamada muda, notificaciones de salud mental, recordatorios de pago, un chat de madres preocupadas, un tablero de productividad con barras coloridas que parecían insultarla.
Marta tecleaba con rapidez, el rostro tenso.
—Llegaste tarde —dijo sin levantar la vista.
Ana dejó la mochila en una silla.
—Me paró otra vez una patrulla. No puedo volar.
—Te podrían haber puesto un acta —replicó Marta—. ¿Fuiste por los corredores alternativos?
—Sí. Por los rotos.
Daniel apareció desde el pasillo, secándose las manos con una toalla. Tenía ojeras profundas, pero los ojos todavía suaves.
—¿Te revisaron la mochila otra vez? —preguntó.
Ana asintió, sirviéndose agua del filtro manual que insistía en seguir usando.
—Y el dron cantó la canción de siempre. “Posible evasión del sistema.” —Imitó la voz neutra—. Empiezo a pensar que le caigo bien.
Daniel sonrió apenas.
—No es gracioso —dijo Marta, al fin dejando el celular en la mesa—. ¿Y si un día no te dejan irte? ¿Y si te llevan a evaluación?
Ana la observó. Las manos de su madre temblaban, aunque intentaba ocultarlo. El celular vibró tres veces en sucesión. Marta lo miró de reojo, como quien mira una llama.
—Podés apagarlo un rato, má —dijo Ana, suave.
—No puedo. El sistema de trabajo monitorea mis tiempos de desconexión. Si supero las dos horas seguidas, baja mi puntuación de confiabilidad.
—Dormís tres horas por noche —dijo Daniel—. Y encima te tiembla el párpado todo el día.
—Tengo que sostener esta casa —soltó Marta, más alto de lo que quería—. ¿O pensás que los billetes arrugados de tu hija pagan la luz?
Ana bajó la mirada, masticando la bronca.
—No es culpa de Ana —agregó Daniel, con calma—. La ley es un desastre. Prohibirles el celular a los menores de veintiuno y, al mismo tiempo, hacer imposible vivir sin uno. Es una trampa.
Marta apoyó los codos sobre la mesa, frotándose las sienes.
—La ley está para protegerlos. Todos los informes lo dicen. Los menores son más vulnerables. Mira los casos de ansiedad, los colapsos neurológicos de los que se conectaron antes de tiempo…
—Y mirá cómo estás vos —dijo Ana, sin poder contenerse—. No quiero eso para mí.
Silencio.
El celular vibró otra vez. Marta lo agarró como si fuera un salvavidas.
—Yo no tenía elección —susurró—. Si me desconecto, me reemplazan. Si me reemplazan, ¿qué comemos? ¿Dónde vivimos?
Ana la miró a los ojos.
—Yo sí tengo elección —dijo—. Y la estoy usando.
Daniel suspiró, hundiendo las manos en los bolsillos.
—Es valiente lo que haces, hija —dijo—. Pero este mundo no fue hecho para los desconectados. No al menos este mundo.
—Pues habrá que hacer otro —respondió Ana.
Marta negó con la cabeza.
—Otro mundo no paga el alquiler.
III
La reunión era en el viejo estacionamiento subterráneo, nivel -2, donde la señal rebotaba mal y las cámaras nunca se habían actualizado.
Ana bajó la rampa pedaleando, con la luz de su linterna de batería alumbrando grafitis viejos: slogans de campañas sanitarias, códigos QR desactivados, anuncios de planes de datos que ahora parecían chistes crueles.
Abajo ya había varias bicicletas apoyadas contra columnas de cemento. Los esperaba un grupo de unas quince personas, casi todos menores de veintiuno. Algunos usaban relojes analógicos; otros, mochilas llenas de cuadernos. Ninguno tenía la silueta brillante de un celular en el bolsillo.
—¡Llegó la cartógrafa! —gritó Tomás, al verla—. Sin ella nos perdemos todos.
Ana se rió.
—Con o sin mapa, vos te perdés igual —le dijo, mientras dejaba la bici.
En el centro del círculo, sobre una caja de plástico, tenían desplegada una hoja grande. Era un mapa de la ciudad hecho a mano, con capas de información superpuestas: en rojo, las zonas de escáneres; en azul, las cámaras activas; en amarillo, los comercios que todavía aceptaban billetes sin escanear códigos.
—¿Novedades? —preguntó Ana.
Lucía, una chica de rulos cortos y manos manchadas de tinta, levantó la vista.
—Cerraron el pasillo del metro 3 —dijo—. Pusieron sensores nuevos. Si pasás sin señal, te marca como intruso.
—¿Ya lo probaron? —preguntó Ana.
—Obvio —dijo Tomás, señalando su rodilla raspada—. Me tiró al piso una barrera automática. Apenas pude salir antes de que llegara la patrulla.
Un murmullo recorrió el grupo.
—Cada vez alambran más —rezongó alguien al fondo.
—También hay buenas noticias —intervino Lucía—. El mercado de la calle 7 aceptó trueque. Alimentos por relojes viejos, libros y… —sonrió hacia Ana— mapas.
—Somos oficialmente una civilización paralela —dijo Tomás, inflando el pecho—. Sin QR, sin notificaciones, sin algoritmos…
—Y sin acceso al hospital —lo cortó una chica delgada, con la mano vendada—. Hoy llevamos a mi hermano porque se cortó con un hierro en las vías. No tenía celular, así que no le querían dar turno. Hasta que apareció un tipo y escaneó por él, pero ahora le deben un favor.
El silencio cayó pesado. No todo era épica.
Ana se agachó junto al mapa.
—Por eso tenemos que seguir ampliando la red —dijo—. Lugares sin escáneres, gente dispuesta a ayudar, rutas alternativas. No podemos vivir sólo esquivando cámaras. Tenemos que conocer esta ciudad mejor que ellos.
Tomás hizo un gesto teatral.
—Compañeros, compañeras, la jefa de Los Intocables ha hablado.
El apodo había empezado como chiste. Los Intocables: así los llamaban en las redes oficiales, en las campañas del gobierno. “Menores que no pueden ser tocados por la protección del sistema.” Habían decidido quedárselo, torcido.
—No soy jefa de nadie —dijo Ana—. Sólo sé leer un mapa.
Lucía clavó el dedo en un punto del plano.
—Mañana hay inspección de patrullas en el corredor central. Vamos a probar la ruta por atrás del hospital viejo. Si funciona, tendremos una línea segura hasta el río.
—¿Y si no funciona? —preguntó alguien.
Ana dobló el mapa con cuidado.
—Entonces nos perdemos —dijo—. Y aprendemos otro camino.
IV
Esa noche, Ana no podía dormir.
Desde su cuarto escuchaba el murmullo constante del celular de su madre, en la habitación contigua. El resplandor filtraba debajo de la puerta como si fuera humo frío. Cada tanto, la voz sintética del asistente decía:
—Recuerda hidratarte.
—Recuerda tu sesión de regulación emocional.
—Recuerda desconectarte media hora para tu higiene mental…
Marta obedecía algunos recordatorios, ignoraba otros. Nunca apagaba del todo.
Ana se dio vuelta en la cama. Imaginó el interior de la cabeza de su madre como una ciudad brillante, con alertas rojas encendiéndose en todas las esquinas.
A los seis años, Ana había visto uno de los primeros informes en la vieja televisión del barrio: gráficos de colores mostrando cerebros sobreestimulados, testimonios borrosos de adolescentes que no podían dormir, que sentían vibrar el celular aunque no lo llevaran encima, que se desmoronaban cuando se quedaban sin señal. Después vinieron las palabras difíciles: trastornos —más de cien, decían—, cambios estructurales en las conexiones neuronales, daños acumulativos.
La ley había llegado poco después, con el tono solemne de las ametralladoras morales:
> “Por la salud mental de nuestros hijos, los menores de veintiún años no podrán acceder a dispositivos móviles inteligentes.
El futuro les agradecerá esta espera responsable.”
En los anuncios, sonreían familias felices mientras una voz en off repetía: “Esperar también es amar.” Nadie explicó qué pasaba con esos hijos mientras tanto, en un mundo donde todo se pagaba, se pedía, se registraba desde una pantalla.
Ana le había preguntado a su madre:
—¿Y vos por qué sí podés usarlo?
Marta había respondido, exhausta:
—Porque nací tarde.
Con el tiempo, Ana fue entendiendo que tarde significaba otra cosa: significaba “ya estamos dañados, ya no hay nada que proteger”.
Desde entonces, cada vez que un compañero decía “no veo la hora de cumplir veintiuno para tener mi primer celular”, a Ana le daban ganas de gritar. Como si estuvieran contando los días para entrar en un hospital voluntario.
—No quiero terminar como mamá —se decía, en la oscuridad.
No como reproche; como declaración de amor asustada.
V
Al día siguiente, la patrulla los encontró en la ruta hacia el río.
Eran cuatro: Ana, Tomás, Lucía y el hermano pequeño de esta última, Milo, con el brazo todavía vendado. Iban en bicicletas silenciosas, bordeando una pared de edificios abandonados para evitar el corredor central.
El dron apareció primero. Siempre empezaban así.
Un zumbido más agudo que los insectos, un destello metálico entre cables. Luego la voz:
—Zona de tránsito regulado. Ciudadanos, presenten su dispositivo para verificación.
Tomás soltó una palabrota.
—Nos detectó igual…
—Debió leer nuestras caras —dijo Lucía—. El reconocimiento está en todas partes ahora.
El dron descendió un poco, enfocando.
—Se detectan cuatro rostros juveniles sin señal de dispositivo —informó—. ¿Necesitan asistencia?
—No —dijo Ana, clavando los pies en el suelo—. Estamos bien.
La patrulla apareció desde la esquina: dos vehículos magnetizados, sin ruido de motor. En el frente, el logo del Ministerio de Salud Mental y Conectividad: un cerebro estilizado abrazado por un aro.
Del primero se bajó una oficial joven, casi de la edad de ellos, pero con el gesto endurecido por el uniforme.
—¿A dónde se dirigen? —preguntó.
—Clases de deporte al aire libre —dijo Tomás, sin esfuerzo—. Nos mandaron mapa en papel. Proyecto alternativo. Cosa de adultos.
La oficial apenas lo miró.
—¿Tienen autorización de tránsito desconectado?
Nadie respondió. Era una figura que existía sólo en teoría: si querías desplazarte sin celular por zonas vigiladas, tenías que solicitar un permiso… que se pedía mediante una app.
Ana sintió la mirada del segundo agente, un hombre de barba incipiente, detenerse en Milo.
—¿Y vos? —preguntó—. ¿Cuántos años tenés?
—Diez —dijo Milo, apretando el manubrio—. Pero soy fuerte.
El hombre vio la venda.
—¿Qué te pasó?
—Me corté con un hierro —dijo el chico—. Ya estoy bien.
—Lo llevamos al hospital ayer —añadió Lucía—. No nos dejaban pasar porque él no tiene celular y no encontraban su registro sanitario.
—Al final alguien escaneó por él —dijo Milo—. Un señor muy bueno. Dijo que ahora le debemos un favor. —Sonrió, tratando de que sonara a chiste. No lo consiguió.
La oficial suspiró.
—¿Ven? —dijo, mirando a Ana—. Estar fuera del sistema los deja vulnerables. Si tuvieran su propio dispositivo, podrían pedir ayuda, acceder a servicios, recibir alertas de riesgo…
—Y ser rastreados cada minuto —replicó Ana—. Y tener todas sus emociones medidas. Y todos sus pensamientos empujados por notificaciones.
—Eso es un discurso muy popular entre los rebeldes por defecto —dijo el hombre—. Hasta que pasa algo grave.
La palabra le hizo cosquillas en la nuca. Rebeldes por defecto. Un eslogan de campaña que también se había aprendido de memoria.
—Nadie eligió nacer con esa prohibición —continuó él—. El sistema nos protege a todos, incluso de nosotros mismos.
Ana se mordió la lengua. Sabía que no podía ganar esa discusión en la calle. No en presencia del dron, que registraba cada gesto, cada inflexión de voz.
—No estamos haciendo nada ilegal —dijo, lo más neutra posible—. Sólo vamos en bicicleta.
La oficial los miró largamente. Por un segundo, Ana creyó ver en sus ojos algo parecido a envidia: la ausencia de brillo de pantalla, el cuerpo suelto sobre la bici.
—Circulen por la vereda interior —ordenó, al fin—. Y regresen antes del anochecer. Estar desconectado es peligroso cuando baja la luz.
—También cuando está encendida —murmuró Tomás, demasiado bajo para el micrófono. Esperaba.
El dron se elevó, los vehículos se apartaron. El camino hacia el río volvió a abrirse, pero no parecía el mismo.
VI
A orillas del agua, por fin, no había escáneres.
El río corría espeso, marrón, tragándose reflejos de edificios altos. El aire olía a barro y a algo antiguo. Ana se sentó sobre una piedra, sacó el cuaderno y empezó a anotar.
—¿Qué escribís tanto? —preguntó Milo, chorreando agua por la venda—. Siempre estás tomando nota de todo.
Ana sonrió.
—Quiero que quede un registro que no puedan borrar tocando una pantalla.
—¿De qué? —insistió el chico.
—De cómo se siente estar aquí —respondió ella—. Moverse sin permiso. No tener una voz en el bolsillo diciéndote qué hacer. Ver el agua sin filtros.
Tomás se tiró al suelo, con los brazos abiertos.
—Yo sólo quiero no escuchar más “Recuerda tomar agua” cada vez que me meto al baño —dijo.
Lucía se sentó junto a Ana.
—¿Creés que va a durar? —preguntó—. Esto. Nosotros. Los Intocables.
Ana pensó en los billetes arrugados en su mochila, en las rutas dibujadas a mano, en las miradas de recelo en los comercios, en la ansiedad de su madre, en el suspiro resignado de su padre.
Pensó en las campañas del Gobierno: “Paciencia. A los veintiún años, todo será más fácil”. Pensó en los amigos que contaban los días como hacia atrás de un lanzamiento, listos para entregarse al primer aparato que les ofrecieran.
—No lo sé —dijo al fin—. Pero mientras no tengamos celular, tenemos algo que ellos ya no tienen.
—¿Qué? —preguntó Milo.
Ana miró sus manos sucias de tinta, las rodillas raspadas, el mapa doblado en su regazo.
—Espacio —dijo—. En la cabeza. En el mundo. Nosotros todavía podemos perderos de verdad. Ellos ya no.
Milo frunció el ceño.
—Perderse da miedo.
—Sí —admitió Ana—. Pero también es la única forma de encontrar algo que no estaba en el mapa.
Lucía apoyó la frente en sus rodillas.
—¿Y si al final no hay equilibrio posible? —preguntó en voz baja—. Si para protegernos del celular nos condenan a vivir así, a medias. Ni adentro del sistema, ni totalmente afuera.
El río siguió sonando, indiferente. El sol se reflejaba en la superficie como si fuera una pantalla gigante, pero no había notificaciones allí. Sólo luz.
Ana cerró el cuaderno.
—Entonces —dijo—, por lo menos que la condena sea nuestra. No de un algoritmo.
Tomás lanzó una piedra al agua.
—Brindo por eso —dijo—. Con agua marrón y rodillas raspadas.
Todos rieron.
Un dron pasó muy alto, apenas un punto plateado en el cielo. Quizás los estaba buscando. Quizás ni siquiera sabía que existían. A esa distancia, eran sólo cuatro manchas en la orilla de un río viejo.
Ana lo miró hasta que se perdió entre las nubes.
No sabía si el futuro iba a darle la razón al gobierno, a su madre, a los informes científicos o a ese grupo de chicos que se negaban a cargar una pantalla en el bolsillo. Sólo sabía que, en ese instante preciso, había una sensación de aire limpio en el pecho.
No era una notificación. No era un gráfico. No era un diagnóstico.
Era, simplemente, estar ahí. Desconectados, sí. Pero vivos.
Y mientras el mundo seguía preguntándose cómo proteger a una generación sin expulsarla del sistema, Ana se subió otra vez a su bicicleta.
Había rutas nuevas que dibujar. Y para eso, todavía alcanzaba con un lápiz.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Narrativas sobre el fin de la naturaleza, la tecnosfera y la melancolía sistémica, para entender por qué nos volvimos así.


