Micelio
Lo primero que siente Mara no es miedo, sino una mano que no existe... sosteniéndola desde adentro.
Al principio, Mara cree que está en una habitación sin luz.
No recuerda haber entrado, no recuerda una puerta ni un pasillo previo. Solo sabe que despierta allí, tendida sobre algo blando y tibio, con la sensación de que el aire pesa más de lo debido. No hay ángulos, no hay esquinas, no hay líneas rectas... alrededor de ella todo es curva y pliegue, como el interior de un organismo demasiado grande para comprenderlo de una sola mirada.
Intenta incorporarse.
El movimiento es lento, viscoso. Algo se estira con ella y, al mismo tiempo, algo la retiene. No son cuerdas ni correas; es más bien una resistencia suave, como si miles de hilos invisibles se hubieran pegado a su piel mientras dormía. Al forzar los músculos, oye un ruido tenue. El desprender húmedo de algo que se separa de otra cosa. No ve bien qué es, pero lo siente. Siente cómo una superficie se despega de otra con un sonido pegajoso, íntimo.
La oscuridad no es absoluta. Hay un resplandor marrón, un ámbar opaco que parece nacer de las paredes mismas. No sabe si es luz o un simple espesor distinto en la sombra. Las superficies que la rodean laten muy despacio. No como un corazón, que golpea, sino como una respiración profunda, dilatada; una hinchazón que crece, sostiene, cede. Cada vez que el ritmo se expande, el aire se calienta un poco más. Cada vez que se contrae, algo de ese calor se acumula entre el cuerpo de Mara y el lecho que la sostiene.
Huele a tierra mojada, pero también a algo más... un olor denso, ácido y dulce al mismo tiempo, como frutas demasiado maduras aplastadas bajo una lluvia lenta. Ese olor le entra por la nariz, le baja por la garganta, se pega detrás de la lengua. No hay viento. Sólo ese aroma saturado, que parece llenarlo todo.
Mara respira hondo y el aire entra espeso, tibio, casi masticable.
Siente el pecho pesado, como si sobre ella descansara una manta empapada. No es doloroso, pero sí tenso. Cada inhalación exige un esfuerzo pequeño, y cada exhalación parece insuficiente. Durante un instante, cree que va a ahogarse. Una punta de pánico se le clava en la nuca.
Entonces la pared más cercana se hincha un poco más, como si respondiera a su respiración. Una onda de calor recorre el espacio y la envuelve. Es un abrazo sin manos, un apretón silencioso. El aire, aunque espeso, se desliza mejor en su garganta. Mara siente el pánico retroceder, arrastrado por esa ola tibia que la cubre de pies a cabeza.
No está sola. No del todo.
Tarda en darse cuenta de que la humedad que siente en la nuca no viene sólo del ambiente. Hay algo allí, en la base de su cráneo, extendiéndose hacia abajo como una raíz que hubiera brotado al revés. Una red carnosa se adhiere a su cuello y se pierde detrás de sus hombros, allá donde ya no alcanza a verse. Al moverse, nota cómo los filamentos tironean, flexibles pero insistentes.
Intenta arrancarlos. La mano asciende trabajosamente, como si el aire fuera una sustancia pesada. Los dedos tocan la superficie adherida. No es fría ni rígida sino tibia, húmeda, y late con un pulso débil, más lento que el suyo. Cuando aprieta, un hilo espeso se desliza entre sus uñas. No es sangre. Es algo más viscoso, casi transparente, con un ligero brillo nacarado.
El contacto la sobresalta. Siente un cosquilleo eléctrico que baja por la columna, una corriente fina que no duele, pero crispa. Su cuerpo reacciona con un espasmo breve, como si algo en su interior hubiese sido interrumpido a mitad de un circuito.
En el mismo instante, las paredes del lugar se contraen levemente, como si el entorno entero se encogiera de incomodidad o de advertencia. El aire se hace más denso. Mara suelta la raíz. La mano cae, pesada, sobre el lecho.
Comprende, sin necesitar palabras, que no le conviene arrancar nada.
El tiempo allí dentro es una cosa pegajosa, sin bordes. Hay ratos en que Mara siente que apenas ha respirado dos o tres veces, y otros en los que cree haber permanecido horas con los ojos abiertos, mirando cómo el resplandor ámbar sube y baja en la piel viva de las paredes. No hay día ni noche. Sólo fases.
Primero, la del calor creciente. El espacio se vuelve una incubadora. El sudor le corre por las sienes, baja por el cuello, se mezcla con la humedad que ya la empapa. La ropa, si alguna vez la tuvo, ha empezado a disolverse en una pasta tenue, indistinguible de la película viscosa que recubre cada superficie.
Después, la del peso. El aire parece caer sobre ella como una masa lenta. Le cuesta mover los brazos. Le cuesta pensar. Las ideas se vuelven grumos densos que apenas avanzan unos centímetros antes de apagarse. En esa pesadez hay un filo de miedo, pero también algo parecido a la somnolencia, una invitación a dejar que todo siga su curso, sin intervenir.
Y, más tarde, la fase en que algo se suelta.
Empieza con un picor leve en la piel, allí donde el cuerpo se apoya más tiempo contra el lecho: homóplatos, caderas, talones. Un cosquilleo áspero, como si millones de bocas microscópicas lamieran la superficie, removiendo, probando. Mara trata de rascarse, pero los dedos tropiezan con hilos, con capas, con zonas donde ya no reconoce lo que era suyo y lo que le llega de afuera.
El picor crece. Pasa de leve molestia a quemazón tenue, de quemazón a un ardor húmedo. No es el fuego seco del dolor, sino algo más complejo, un calor que muerde y acaricia a la vez. A ratos quiere apartarse, huir de ese contacto; a ratos se descubre buscando el punto exacto donde la sensación es más intensa, presionando sin darse cuenta contra la superficie blanda para que el roce aumente.
Cuando una de esas zonas cede, no lo ve, pero lo siente. Es como si una costra entera se desprendiera en silencio, liberando al mismo tiempo una oleada de frescura y un hueco bien delimitado. El aire espeso se cuela por allí como por una ventana recién abierta. De la piel se eleva un olor más agrio, más profundo, que se mezcla con la atmósfera general y la enriquece.
Y también, en ese desprender, hay algo que se parece demasiado a un alivio. Un alivio tan nítido que se confunde con un placer raro, oscuro.
Mara gime. No sabe si de dolor o de gusto. El sonido sale pastoso de su garganta, como si hubiera viajado por un túnel demasiado húmedo. Las paredes responden en un murmullo casi inaudible, vibrando en la misma frecuencia. El pulso del lugar se ajusta al de su respiración, lo acompasa, lo sostiene cuando vacila.
La red carnosa de la nuca se contrae, y por un instante ella siente que algo la succiona desde dentro, invitando a seguir cediendo.
Con el paso de las fases, sus límites se aflojan.
Las manos ya no le obedecen como antes. Cuando intenta cerrar los dedos, descubre que no sabe dónde terminan. La piel está tan impregnada de humedad, tan invadida de hilos finísimos, que la separación entre su carne y el lecho ha empezado a borrarse. Si se esforzara, podría dejar la marca de sus dedos en la superficie blanda; pero al relajar la mano, la marca se rellena de inmediato, como si el lugar no tolerase los huecos.
A veces, el cosquilleo se interna más allá de la piel. Sube por los músculos, recorre tendones, rodea articulaciones. Hay momentos en que siente algo avanzar, muy despacio, entre sus costillas. No es un objeto duro. Es un avance blando, un deslizarse pegajoso que deja tras de sí una estela de calor.
Cuando esa presencia atraviesa la zona del pecho, la respiración se le corta de golpe. No porque le falte aire, sino porque la presión es tan intensa que por un segundo olvida cómo se hace para seguir inspirando. Todo su ser se concentra en la sensación del cuerpo siendo atravesado, colonizado centímetro a centímetro. Hay un latido que no es del corazón, que le golpea por dentro, acompasado al movimiento del intruso.
El miedo la toca apenas, pero lo que prevalece es otra cosa. Un estremecimiento profundo, pesado, que la recorre de abajo arriba y la deja temblando. No hay imágenes que lo acompañen, no hay pensamientos claros. Es pura física... una reacción al contacto prolongado, al roce insistente, al calor que no cede.
Cada vez que la ola interna retrocede, Mara queda exhausta, pero también extrañamente vacía, como si algo se hubiera llevado consigo una capa de ella. Y en ese vacío, en ese hueco fresco, hay una especie de ligereza nueva. Como si la carne cedida hubiera sido un peso innecesario.
La siguiente ola, inevitable, ya no la encuentra entera.
No pasa mucho tiempo antes de que empiece a oír otras respiraciones.
Al principio no está segura. Cree que son ecos de la suya, rebotando en las paredes. Pero hay variaciones; ritmos más rápidos, jadeos breves, pausas largas que no coinciden con sus propios movimientos. A veces escucha un chasquido húmedo en algún punto del espacio, como el sonido de una boca invisible desprendiéndose de una superficie. En otras ocasiones, un susurro sordo viaja por el lecho, sube por su espalda, alcanza la base del cráneo y se dispersa en un temblor de filamentos.
No ve a nadie. Puede intuir formas vagamente humanas en la penumbra, bultos que se elevan y hunden al compás del pulso general. Algunos están más hundidos, otros parecen recién llegados, todavía definidos. Cuando mira demasiado tiempo hacia uno de ellos, el resplandor ámbar se espesa justo delante de sus ojos, como si el lugar no quisiera que fijara la vista en nada concreto durante demasiado rato.
La red adherida a su nuca crece. Lo sabe no tanto por el tacto como por una nueva clase de sensación... un zumbido leve, constante, como un coro de voces diminutas que jamás se convierte en palabras, pero que tampoco cesa. A veces ese zumbido se intensifica y se expande hacia los costados, envolviendo el cráneo, entrando por detrás de los ojos. No duele. Es más bien como si alguien le acariciara por dentro, moviendo suavemente los nervios hasta hacerlos vibrar.
En esos momentos, la distinción entre el sonido de las otras respiraciones y la suya se vuelve irrelevante. Todo el aire del lugar parece entrar y salir como una sola masa. La asfixia, cuando llega, ya no le pertenece solo a ella. Tampoco el alivio posterior.
Hay una fase, una noche sin nombre, en la que el calor sube tanto que el sudor no tiene tiempo de enfriarse. Resbala en hilos espesos por su cuello, por sus flancos, se pierde en la capa viscosa del lecho. El aire se vuelve casi líquido. Cada inspiración es un trago. Mara siente que el pecho va a reventar, que el cuerpo no va a soportar esa presión ardiente.
Y entonces algo cede más hondo.
Es un crujido sordo, apagado, que no llega a ser ruido. Un ajuste interno. Una articulación se relaja de una manera que no estaba prevista para cuerpos que caminan erguidos. Una vértebra se abre apenas, lo justo para dejar pasar un haz compacto de filamentos blandos que suben, se enroscan, se fijan.
La ola de calor que sigue a ese movimiento no es externa. Viene desde dentro, ascendiendo como un incendio lento, húmedo, que empapa sus órganos de una tibieza casi insoportable. No duele; la sobrecoge. La respiración se rompe en gemidos breves que el entorno absorbe sin eco. Las paredes se contraen, la abrazan, la sostienen en ese temblor prolongado.
La red, satisfecha, late al unísono con ella.
Mientras más se deshace, más claramente siente.
No distingue dónde termina su piel, pero percibe cosas que antes le estaban vedadas. El deslizamiento conjunto de fluidos bajo el lecho, el trabajo minúsculo de millones de bocas invisibles moviéndose en capas superpuestas, la dilatación y contracción lenta de túneles que no ve, pero en los que sabe que circula algo que antes fue sólido.
Cuando uno de sus dedos finalmente deja de responder, no hay corte ni sangre. Simplemente, en algún punto, la cadena de percepciones táctiles se interrumpe. Es como si un cuarto entero de una casa se hubiera quedado sin luz. Pero la energía que antes se gastaba en sostener ese cuarto se redistribuye de inmediato y de pronto, otra parte del cuerpo cobra una sensibilidad nueva.
Su espalda, por ejemplo.
Allí, donde los filamentos han perforado más hondo, el tacto se vuelve múltiple. No siente un solo punto de contacto, sino cientos, miles, cada uno respirando por su cuenta, probando, absorbiendo, devolviendo. Cuando el lecho pulsa, ese bosque microscópico se aprieta y se abre, generando una ola de sensaciones que la recorre de arriba abajo. Es un oleaje lento, sofocante, que la deja sin aire y, sin embargo, la mantiene viva. Más viva que cuando respiraba con pulmones.
En una de esas oleadas, un fragmento de carne se desprende con claridad. No lo ve, pero lo sabe. Algo se ha separado de su espalda y ha caído en la humedad tibia, disolviéndose al contacto. La sensación es tan nítida que la recorre un escalofrío. De pronto, ese fragmento ausente se convierte en un punto expandido de calor en otra parte del lecho, unas decenas de centímetros más allá. No está en su cuerpo, pero lo siente igual, como si una parte de su conciencia hubiera pasado a habitarlo en el momento mismo de perder forma.
No hay tristeza en esa pérdida. Lo que hay es un tipo extraño de satisfacción, la certeza de que el peso no desaparece, sólo se dispersa. Que nada de lo que cae deja de tocarla. Simplemente la toca de otra manera.
La sofocación ya no es sólo amenaza; es parte del ritmo general. Cuando el aire se vuelve imposible y sus pulmones, o lo que queda de ellos, se retuercen buscando un respiro, el entorno entero se expande un poco más, succiona, redistribuye, le presta aire externo por caminos que ya no pasan solo por la nariz o la boca. A veces la sensación de respirar se desplaza hacia la espalda, hacia las piernas, hacia la raíz que la fija a la masa principal. Es como inhalar sin cavidad torácica, absorber sin necesidad de abrir nada.
En esos instantes, el placer es inseparable del alivio. Cada vez que la sofocación cede, lo hace en una ola que la recorre, que la vacía y rellena a la vez, como si la estuvieran amasando desde dentro.
Llega un punto en que el nombre “Mara” deja de tener peso, pero ella aún no se ha dado cuenta.
El narrador sí.
La observa, o mejor dicho, la recorre. Porque ahora verla implica atravesar capas, deslizarse entre fibras, seguir el rastro de lo que alguna vez fue un contorno humano y que ahora es, sobre todo, una zona de densidad distinta dentro de la colonia.
Donde antes había una espalda, hay una trama compacta de filamentos blanquecinos que se extienden como raíces a lo largo del lecho. Donde antes estaban las piernas, la materia se ha afinado, estirándose en hebras delicadas que encuentran otras, las rodean, las enlazan. El torso se ha hundido un poco, pero no por el peso; por la integración. Las capas superiores lo han adoptado, envolviéndolo con la misma naturalidad con que el bosque cubre un tronco caído.
Y, sin embargo, en el centro de ese entramado hay todavía un núcleo de sensación reconocible. No un cuerpo, pero sí un foco de calor, un punto donde las oleadas de placer tenso parecen concentrarse con mayor frecuencia, como si la colonia entera supiera que allí está la antigua frontera, la zona de transición.
Cada vez que una nueva ola de filamentos avanza, lo hace hacia ese centro con algo parecido a la devoción. No hay prisa. No hay violencia. Sólo insistencia, una proximidad creciente y un rodear paciente que no admite rechazo.
Cuando al fin la red principal atraviesa ese núcleo, lo hace en una noche sin fases claras. El calor es tan alto que el resplandor ámbar se intensifica y, por primera vez, parece luz verdadera. Las paredes se hinchan hasta el límite, el aire casi no deja espacio para los pulmones. Todo allí adentro está al borde de la saturación.
Entonces la colonia entera exhala.
Es una exhalación silenciosa, pero profunda, que recorre túneles, lechos, cámaras invisibles. Miles de bocas minúsculas se abren al mismo tiempo, ingieren, absorben, acomodan. El núcleo que fue Mara se abre también, pero no como una herida, sino como un fruto que ha madurado demasiado tiempo en la sombra y por fin cede al peso de su propia dulzura.
La sensación interna es intensa, sofocante. No hay comparación posible. Es como ser apretada desde todos los ángulos, comprimida hasta el borde de la desaparición y, de pronto, liberada hacia todos los lados a la vez. No hay un solo punto de contacto; hay un millón, y cada uno reclama una parte de ella.
La colonia, satisfecha, la bebe muy despacio.
A medida que eso ocurre, el placer se diluye, pero no se apaga. Simplemente se extiende, se hace más amplio, menos identificable. Ya no hay un cuerpo que lo localice; hay un campo entero que late con una tibieza densa, continua. El antiguo núcleo deja de ser centro exclusivo. Ahora es un matiz más en una textura general.
Y el narrador, que siempre estuvo dentro, sabe que ella no se ha ido. Sólo ha perdido la propiedad de estar concentrada.
La descomposición ha terminado su trabajo más delicado, no destruir sino mezclar. Lo que antes era una forma separada es ahora un espesor, una calidad de calor, una manera particular de vibrar dentro del conjunto.
En algún punto del lecho, otra respiración comienza a desacompasarse. Otro cuerpo recién llegado lucha contra el aire pesado, contra la humedad pegajosa, contra la red que se le adhiere a la nuca. El miedo lo toca apenas. Después, el cosquilleo. Después, el ardor.
La colonia se prepara. Ajusta su pulso, contrae las paredes, concentra el calor.
Entre los millones de filamentos que se acercan al nuevo huésped, hay algunos que llevan, como una memoria muda, la huella de lo que fue Mara. La manera en que cedió, el ritmo de sus gemidos ahogados, la forma particular en que su núcleo se abrió en la noche final. Esa huella no piensa, pero insiste. Es un patrón, una tendencia a sentir de cierta manera cuando la carne se afloja.
Cuando el nuevo cuerpo empiece a deshacerse, experimentará, sin saberlo, ecos de ese placer antiguo, sofocante y cálido. Sentirá la asfixia y el alivio, el miedo y la entrega, el dolor y la dulzura mezclados en una misma ola pegajosa. Creerá estar solo, pero estará entrando en una memoria más vieja que cualquier nombre.
El narrador lo sabrá otra vez.
Y la colonia, entera, respirará hondo, disfrutando de esa forma de gozo que consiste en seguir absorbiendo, seguir mezclando, seguir perdiendo bordes sin dejar jamás de tocar.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Narrativas sobre el fin de la naturaleza, la tecnosfera, y la melancolía sistémica, para entender por qué nos volvimos así.
Esto es el origen de algo nuevo.
La fusión continúa en Los cazadores de oxitocina


