¡No Teman!
Primero, el temblor. Luego, el grito. Finalmente, el descubrimiento más aterrador de todos: no estábamos huyendo de criaturas… sino de nuestro propio miedo.
El estruendo comenzó como un murmullo.
Una vibración leve en el suelo, apenas perceptible. Como si el mundo contuviera el aliento.
Luego, el primer grito.
Y otro.
Y otro más, hasta que la avenida entera estalló en un clamor desesperado.
Corrían. Todos.
Hombres. Mujeres. Niños.
Tropezaban. Se empujaban. Se arrojaban bajo los autos con tal de alejarse de aquello que emergía de la bruma espesa.
Criaturas sin nombre.
De piel como ceniza mal compactada, que se les deshacía en jirones al avanzar, dejando un rastro de polvo que olía a hueso quemado.
No tenían ojos, pero sabían. Sabían dónde estaba cada uno.
Se lanzaban con las bocas abiertas, sin labios, sin lengua, sólo un borde de dientes como vidrios rotos. Destrozaban carne. Quebraban huesos.
En medio de la estampida, Mara tropezó.
Cayó.
A su alrededor, pasos que retumbaban. Alaridos que se alzaban.
Súplicas mezcladas con el crujido de huesos.
Se cubrió la cabeza. Esperó el fin.
Sintió el aliento caliente y metálico de una criatura muy cerca.
Una presencia que helaba la piel.
Y entonces... nada.
Abrió los ojos.
La criatura estaba a un metro. Inmóvil.
Jadeaba. Temblaba.
Su piel se cuarteaba. El polvo flotaba como humo.
Y Mara... no tenía miedo.
No por valentía. Por agotamiento.
Algo dentro de ella simplemente se había rendido.
Ya no podía temer.
Y en ese instante, entre el polvo y el horror, lo comprendió.
—Es el miedo… —susurró, temblando—. ¡Nos huelen! ¡Consumen el miedo! ¡Están famélicas!
Se puso de pie.
Las criaturas la rodeaban, pero no se movían.
Un paso.
Otro.
Seguían estáticas.
Como estatuas desmoronándose.
Corrió hacia los demás. Gritó:
—¡No teman! ¡NO TEMAN!
Se deshacen… ¡si no les temen!
Fácil de decir.
Pero las criaturas seguían ahí.
Despedazaban con furia ancestral.
¿Cómo no temer?
¿Cómo callar el instinto?
La mayoría cayó.
Pero unos pocos escucharon.
Cerraron los ojos.
Respiraron.
Se enfrentaron con el alma en blanco.
Y el asfalto se cubrió de ceniza.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Este relato forma parte de Aquello que nos persigue, una serie de historias de miedo.
El terror sin rostro no comenzó aquí.
Sus orígenes están en Sin Detenerse (pero mejor no volver atrás)



Muy bueno! Muy logrado! Te felicito!!!