Oído expuesto
En esta ciudad, quien no aprende a cerrarse debe acostumbrarse a vivir roto.
Estoy abierto.
Siempre.
Como un tajo al costado de la cabeza.
No tengo medio de defensa. No puedo apartarme. No puedo hacer como que nada pasa. Todo lo que llega entra, y lo que entra se queda el tiempo suficiente para dejar una marca.
Cuando prueban los equipos cerca de Parque Sarmiento, no escucho música. Siento presión. El aire se organiza en golpes lentos, pesados, que me empujan hacia adentro una y otra vez. Cada grave me estira. Cada vibración me recuerda que no fui hecho para esto. No hay belleza ni información, sólo potencia probándose a sí misma.
Vibrar no es participar.
Vibrar es someterse.
Después vienen los autos. Pasan cerca, pasan lejos, pero siempre pasan a través de mí. Cada motor arrastra su propia aspereza. Cada bocina, una alarma inútil. No anuncian nada. Sólo ocupan.
Las motos son distintas. No pasan, irrumpen. Caños abiertos, ruido sin filtro. No buscan ir más rápido. Buscan sonar más. Se pelean por quién deja la huella más profunda adentro mío. Me ensanchan a la fuerza. Me dejan vibrando aun cuando ya no están. El silencio nunca vuelve intacto después de ellas.
Y entonces aparece el parlante. El celular. Volumen al límite. El sonido no se dirige a nadie en particular, se derrama. Se mete en mis pliegues, en mis zonas más sensibles. No importa la canción. Importa el gesto.
Estoy acá.
Escuchame.
Ocupo este espacio.
Todo ocurre al mismo tiempo. No hay capas. No hay paisaje. Hay superposición. Una fricción constante que me desgasta sin pausa. No puedo separar. No puedo elegir. No puedo priorizar. Mi trabajo deja de ser escuchar y pasa a ser aguantar.
Mi membrana se fatiga. El nervio transmite señales cada vez más torpes. El cerebro se tensa sin saber por qué. No hay un peligro visible, pero el cuerpo entra en alerta igual. El ruido irrumpe y domina.
Cuando baja, no se va del todo. Queda una memoria. Un zumbido leve. Una vibración que no corresponde a nada afuera, pero sigue ocurriendo adentro.
Sigo abierto.
Expuesto.
En esta ciudad, existir es sonar.
Y quien no puede cerrarse, aprende a vivir herido.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Narrativas sobre el fin de la naturaleza, la tecnosfera, y la melancolía sistémica, para entender por qué nos volvimos así.
Esto viene de lejos.
De más allá de Diez mil pies


