Performática
Tomás llegó veinte minutos tarde al bar, jadeando apenas. No por la corrida —hacía gimnasio seis veces por semana— sino porque había venido transmitiendo desde el taxi. Entró todavía mirando el celular, terminó una frase dirigida a sus espectadores invisibles y recién entonces levantó la vista.
—Perdón, boludo. Hoy fue un caos. ¿Pediste algo?
Martín señaló el pocillo vacío frente a él.
—Un café.
Tomás sonrió, distraído. Se sacó la campera oversize, acomodó cuidadosamente el cuello de la remera negra y dejó sobre la mesa:
el celular,
los auriculares,
un vaporizador metálico,
una botella de agua mineral importada.
Todo parecía tener una textura demasiado nueva.
—Este lugar está buenísimo —dijo mientras miraba alrededor—. Muy auténtico. ¿Cómo lo encontraste?
Martín miró el bar sin entender la pregunta. El lugar llevaba ahí cuarenta años. Las mismas mesas de fórmica, el mismo ventilador inútil girando arriba, el mismo mozo viejo leyendo el diario detrás de la caja.
—Vine toda mi vida.
Tomás asintió con interés antropológico.
—Claro. Eso está bueno. Tener lugares.
Pidió un flat white con leche de avena. Después apoyó los codos sobre la mesa.
—Bueno, contame de vos.
Martín dudó. Hacía semanas que el hijo de una compañera de trabajo insistía en que conociera “gente distinta”. “Te va a hacer bien salir de tu círculo”, le había dicho.
Pero no sabía qué contar.
Que había pasado la tarde arreglando una biblioteca. Que estaba releyendo un libro de Conrad lleno de anotaciones de su padre. Que el domingo había caminado seis horas sin hablar con nadie por los caminos de tierra después de Luján. Que últimamente disfrutaba sentarse en silencio.
Todo eso parecía pertenecer a otro idioma.
—Trabajo —dijo simplemente—. Leo un poco. Juego a veces.
Tomás esperaba algo más. Una identidad, quizá.
—¿Qué jugás?
—Estoy con Valhalla todavía.
Tomás abrió grandes los ojos.
—¿Todavía? ¿Cuántas horas tiene ese juego?
—No sé.
—¿Y no te aburrís?
Martín tardó en responder.
—No lo juego para terminarlo.
Tomás sonrió educadamente, aunque claramente no entendía.
Afuera pasó un colectivo haciendo vibrar los vidrios.
El mozo dejó el café de avena. Tomás le sacó una foto antes de probarlo.
Martín observó el movimiento automático, casi reflejo.
—¿Eso lo subís?
—Sí, una historia nomás. Mi comunidad ama estos lugares escondidos.
Martín miró alrededor otra vez. El mozo. Las medialunas resecas. El ventilador. El hombre dormido junto a la ventana.
“Lugares escondidos”, pensó.
Durante un rato hablaron de series, de internet, de política cultural. Tomás hablaba rápido, enlazando referencias con naturalidad brillante: podcasts, streamers, documentales, cancelaciones, ansiedad generacional, algoritmos, microtendencias.
Martín entendía perfectamente cada tema. No era confusión lo que sentía. Era agotamiento.
Como si todas esas conversaciones estuvieran ocurriendo demasiado cerca de la superficie.
En un momento Tomás se quedó callado. Miró alrededor con cierta incomodidad.
—¿Vos no te sentís desconectado viviendo así?
Martín pensó un instante.
—¿Así cómo?
Tomás buscó las palabras.
—No sé… fuera de todo. De lo que está pasando.
Martín apoyó lentamente la cucharita.
Después señaló el celular sobre la mesa.
—Creo que vos confundís “lo que está pasando” con la gente mirándose entre sí.
Tomás no respondió enseguida.
Por primera vez desde que había llegado, agarró el café con las dos manos y no miró la pantalla.
Afuera empezaba a oscurecer. El ventilador seguía girando inútilmente sobre ellos, como desde hacía cuarenta años.


