Sin detenerse
No avanzás por el bosque; él avanza sobre vos. Y lo que te persigue no tiene forma, porque ya te habita.
Los árboles no se abren, se cierran. Cada paso es más denso. Más lento. Como si el bosque quisiera recordarme que todo esto ya pasó, que este camino ya lo hice mil veces, que este miedo no es nuevo.
Pero aún así corro. Aunque sé, siempee supe, que no hay adónde ir.
Todo empezó en la costa del lago. O eso quiero creer. La línea de tiempo se me borra. Sólo recuerdo a Nico, mirando al horizonte, y a Clara con esa sonrisa tranquila de quien todavía no entiende. Fue ahí cuando empezó a sentirse cerca. No algo. La certeza. Esa sensación pegajosa de que algo se mueve detrás de todo lo que existe, algo que no se puede nombrar pero que ya decidió por nosotros.
Nico fue el primero en notarlo. Se quedó quieto. Sólo dijo: “¿Sentís eso?”
No era el viento. Era otra cosa. Algo más hondo. Más viejo. Algo que no se puede mirar sin quebrarse.
Clara no lo soportó. Se fue al agua, como si pudiera nadar más rápido que el pensamiento. Yo me quedé, paralizado. Hasta que entendí que también me tocaba a mí.
Y ahora estoy acá, corriendo por este bosque, no porque crea que puedo huir, sino porque el cuerpo se resiste a aceptar lo que ya sabe.
Lo que me sigue no tiene forma. Tiene peso.
No camina. Se revela en el eco de las decisiones ya tomadas. En los gestos repetidos. En las palabras que creo elegir y que ya estaban escritas.
No tiene ojos, pero me ve. Porque está adentro. Porque soy yo.
Entonces aparece la carpa.
Dos chicas, acampando en un claro imposible. Me miran como si todo fuera normal.
—¿Estás bien? —pregunta una.
¿Qué significa estar bien cuando todo está escrito?
Entro con ellas. Me ofrecen agua, palabras, compañía. Pero sus voces suenan falsas. No por mala intención, sino porque son ecos. Personajes que se repiten en una obra que ya tuvo su función principal hace mucho.
Y entonces llega.
No como figura, sino como revelación.
No lo veo, pero lo entiendo.
Una de las chicas empieza a llorar sin saber por qué. La otra queda en silencio, como si le acabaran de contar el final. Yo no les digo nada. ¿Para qué?
Todo en el aire cambia. Es esa sensación exacta que uno tiene cuando se despierta de un sueño y sabe que lo que acaba de sentir era más verdadero que la vigilia.
No hay gritos esta vez. Sólo una comprensión que se despliega como una herida vieja.
Y entonces me toca a mí.
No me ataca. No me golpea. Sólo me abre los ojos. Me muestra el camino desde mi nacimiento hasta este momento exacto. Cada elección. Cada paso. Cada gesto.
Y ahí entiendo que nunca corrí.
Que siempre estuve quieto.
Y que lo único que se movía era la verdad, acercándose.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Este relato forma parte de Aquello que nos persigue, una serie de historias donde el miedo no viene de afuera, sino de lo que conocemos demasiado bien.
Pero el terror no termina aquí.
La huída continúa en ¡No Teman!


