Sistema Friedman
Todos cumplen su función, incluso cuando intentan escapar. La libertad no está prohibida, simplemente no está computada.
El timbre suena como siempre: una nota aguda, metálica, que atraviesa el blanco y negro de la casa.
Miras el monitor de tubo, empotrado en la pared junto a la puerta. La imagen tarda un segundo en estabilizarse: primero nieve, luego una figura que se recompone entre sombras. Es un viejo barbudo, con tapado raído y gorra grasienta. La barba le cae en mechones desparejos, como si la hubieran peinado manos temblorosas. Podría ser cualquier linyera… hasta que inclina apenas el rostro hacia la cámara y lo reconocés.
El señor Friedman.
El corazón se te acelera. Hacía meses —¿años?— que no lo veías. O tal vez fue ayer. El tiempo acá no se cuenta en días, sino en visitas.
Soltás el pestillo y corrés hacia la puerta. El pasillo se alarga más de lo normal, como si el edificio se estirara un poco cada vez que intentás salir. Sin embargo, llegás. Girás la manija; la puerta se abre con un gemido de bisagra mal aceitada.
Él ya está de espaldas, encogido contra la baranda del rellano, como un bulto que se prepara para bajar las escaleras.
—¡Señor Friedman! —llamás.
Se detiene. El cuerpo entero se le tensa, pero no se da vuelta. Hay un silencio pegajoso, con olor a polvo y cables recalentados.
—Señor Friedman… soy yo.
Él gira apenas el cuello. No ves su cara completa, sólo el perfil hundido, el brillo húmedo de un ojo que no termina de mirarte.
—No —dice, como si le doliera cada letra—. No me llame así.
—Pero… es usted. Siempre es usted.
Ahora sí, se vuelve hacia vos. Y en el monitor interior que tenés en la memoria, el señor Friedman es otro: traje gris prolijo, corbata rayada, maletín. Una vez apareció con guardapolvo blanco, señalando gráficos en un pizarrón que nadie más veía. Otra, con un paraguas negro cerrado, sosteniéndolo como un arma. Siempre el mismo rostro de profesor cansado, de vecino amable, de hombre que “sabe”.
Pero el de hoy —barbudo, andrajoso, apestado de calle— niega con violencia:
—Usted cree que tengo la llave, ¿no? Cree que si insiste lo suficiente, si me abre la puerta cada vez que toco, va a encontrar por dónde salir.
Tragás saliva.
—¿Y no es así?
Sus labios tiemblan, entre la vergüenza y el miedo.
—Es un engaño —dice—. La opción lógica es siempre un callejón sin salida. Buscar al que parece entender… preguntar al que parece saber... —Levanta una mano sucia, como si bendijera o espantara algo invisible—. Eso no abre nada. Sólo cierra más.
Da media vuelta.
—La alternativa correcta siempre es la contraria a la que uno defendería en voz alta —agrega, bajando la escalera—. Y yo soy precisamente la voz alta.
Lo ves alejarse, paso corto y urgente, como si tuviera que repetir esa misma escena en otros pisos, en otras puertas, en otros mundos apenas desfasados del tuyo.
Te quedás en el rellano hasta que el timbre suena de nuevo.
Regresás al departamento. El ruido del tubo CRT llena la sala: un zumbido sordo, eléctrico, como un enjambre cansado. Siempre está encendido, aunque no esté mostrando nada, sólo esa luz grisácea que aplasta los bordes de los muebles y deja sombras demasiado nítidas.
Te sentás frente a él.
El monitor de la puerta y el televisor tienen el mismo tono de blanco muerto. A veces tenés la sensación de que muestran la misma cosa desde ángulos distintos: el edificio, la calle, tu propia cara desfasada unos segundos.
Cambiás de canal. Sólo hay cuatro, pero nunca los recordás en el mismo orden. En uno, un noticiero que repite la misma noticia sobre una neblina tóxica en la periferia. En otro, dibujos animados que jamás llegan al chiste. En otro, una transmisión de prueba: una carta de ajuste con un círculo en el centro, como un ojo aburrido.
Y en un canal que no tiene número, él.
El señor Friedman, pero de otro modo.
Ahora es joven, o más joven. Pelo corto engominado, lentes de marco grueso, camisa de manga corta. Está en una oficina con paredes lisas, sin cuadros, sin ventanas. Apoya las manos sobre un escritorio metálico y te mira a través de la pantalla.
—Cuando finalmente entienda —dice, sin moverse—, ya no estaré.
No sabés si te habla a vos o a la cámara. O a la casa.
Cambias de canal. La carta de ajuste vuelve, insensible.
A veces pensás que el edificio entero es sólo un decorado: pasillos largos que se repiten, puertas que dan a apartamentos vacíos, escaleras que suben y bajan en espiral hasta disolverse en una oscuridad de telón. Pero hay otros.
Un puñado de interlocutores posibles.
En el quinto B vive —o se amontona, o se apaga— la cosa que algunos llaman robot y otros monstruo. A medio camino entre los viejos juguetes a transistores y esas criaturas de pantano de las películas. El torso parece metálico, con placas atornilladas que dejan ver cables y pequeñas válvulas vidrio. De la cintura para abajo, en cambio, tiene una textura fibrosa, húmeda, como raíces sumergidas en barro.
Le dicen KOL-9, aunque nunca supiste si es un nombre o un modelo.
Lo encontrás en el rellano, en cuclillas, revisando un tacho de basura que no recordás haber sacado.
—No deberías confiar sólo en el tubo —dice sin saludar, con una voz que cruje como parlante viejo—. El CRT es una fuente pobre.
—Es el único aparato que funciona —respondés.
Él hace un sonido que podría ser una risa, o un glitch.
—En la cantera —prosigue, hurgando entre bolsas— venden datos.
Lo mirás, incrédulo.
—¿Datos?
Saca algo del fondo del tacho y lo levanta para que lo veas: un círculo plano y opaco, del tamaño de un disco de vinilo pero más delgado, con grietas en la superficie.
—Fragmentos —explica—. Trozos de información recuperados de la inmundicia. Se pegan entre sí con químicos. Como fósiles ensamblados.
—¿Y qué se supone que…?
—Se escuchan —dice—. O se contemplan. Depende de quién los haya armado.
Lo suelta de nuevo dentro del tacho, como si no valiera nada.
—En el basural de la cantera tóxica hay pilas de éstos. Los recogen del terreno, del agua. El veneno conserva cosas.
—¿Qué cosas?
KOL-9 levanta la cabeza. Sus ojos no son ojos, sino dos pequeños medidores de aguja que tiemblan con cada palabra.
—Cosas que no aparecieron en tu televisor —susurra—. Cosas que el señor Friedman no consideró relevantes.
La mención del nombre te deja frío. El robot-pantano lo pronuncia con una naturalidad extraña, como si lo conociera desde antes que el edificio existiera.
—¿Usted lo conoce?
—Lo suficiente para saber que está atrapado —responde KOL-9—. Igual que usted, pero con más responsabilidades.
Pone una mano —metálica, oxidada— sobre el borde del tacho.
—Si sale —añade—, puede que lo pierdan todos. Si no sale, puede que se pierda solo.
—¿Y yo?
—Usted —dice, con un chasquido de relé— todavía no decidió de qué lado del tubo está.
La cantera tóxica no queda lejos, pero el camino hasta allí parece una secuencia de escenario barato: calles vacías, farolas que parpadean siempre en el mismo patrón, autos estacionados que nunca arrancan. Todo en blanco y negro, como si el color estuviera reservado para otro plano de existencia.
Llegás al borde del basural cuando el cielo está en ese punto indefinido entre la tarde y la madrugada. Una franja blanquecina recorta el horizonte, pero no sabés si es luz natural o el reflejo de los focos industriales que rodean la cantera.
Las montañas de desechos brillan débilmente. No como metal ni plástico, sino como algo que todavía guarda memoria de haber sido útil.
Los discos están por todas partes. Algunos enterrados a medias, otros apilados con una prolijidad casi ceremonial. No tienen etiquetas, pero de vez en cuando encontrás uno con marcas: surcos en espiral, números repetidos, un símbolo que se asemeja sospechosamente al diagrama de una órbita.
Una figura se acerca cojeando entre los montículos.
—No debería estar solo aquí —dice.
Tarda unos segundos en enfocar su rostro. Es Friedman otra vez, pero con un mameluco industrial y un casco bajo el brazo. Apenas una sombra de barba, bigote prolijo, ojeras profundas.
—¿Trabaja aquí? —preguntás.
—Trabajo donde me dejan repetirme —responde con una sonrisa triste.
Se agacha, levanta uno de los discos, lo sostiene contra la luz turbia.
—Éste, por ejemplo, es de antes de la neblina —dice—. Contiene todos los intentos de advertencia que nadie tomó en serio.
Te lo ofrece.
—Lléveselo. Hágalo girar en el centro del cuarto, cerca del tubo. Escuche la interferencia. Tal vez algo se cuele.
Titubeás.
—KOL-9 dijo…
—KOL-9 habla demasiado —lo interrumpe—. Él cree que en la basura está la salida. Yo creo que la salida es aceptar que no hay salida.
—Pero antes me dijo que…
Friedman entrecierra los ojos. Bajo la luz de la cantera, su rostro de capataz se superpone con el del vagabundo de la mañana, con el profesor prolijo de la pantalla, con otros que tal vez no recuerdes pero que estuvieron ahí, golpeando puertas, señalando rutas.
—Yo no le dije nada —replica—. O, mejor dicho, lo que dije entonces sólo sirve para esa versión de usted. No para ésta.
Te quedás con el disco en la mano, frío, pesado.
—¿Por qué vuelve siempre? —te atrevés a preguntar—. ¿Por qué aparece en todos lados?
Friedman mira hacia las montañas de desechos, hacia la ciudad simulada a lo lejos, hacia el cielo sin estrellas.
—Porque hay un guion que cumplir —susurra—. Y alguien tiene que hacer de la voz que advierte en vano.
De regreso al departamento, algo en la ventana te detiene.
En el alféizar del edificio de enfrente, una paloma enorme alimenta a un pichón casi de su mismo tamaño. La escena está fuera de lugar: el nido no se ve, el borde del cemento es angosto, y sin embargo los dos pájaros encajan ahí como si siempre hubieran vivido en esa repisa.
El pichón abre el pico exageradamente, temblando. La paloma lo alimenta con movimientos bruscos, casi violentos, como si intentara empujarlo hacia la vida a fuerza de golpes.
A unos centímetros, en el mismo alféizar, otro par repite exactamente la misma coreografía. Una imagen especular, con los mismos gestos, el mismo temblor, el mismo reclamo de alimento. Si no fuera porque los cuatro se superponen apenas, jurarías que estás viendo un reflejo.
La escena dura demasiado. Hay algo impaciente en la forma en que las palomas mueven las alas, en la urgencia con que repiten el gesto una y otra vez, como si alimentar fuera una tarea asignada por alguien más, en algún otro lado. Una rutina de purgatorio.
Cerrás la cortina.
De noche —si es que se puede llamar noche a este tramo más oscuro del ciclo—, volvés a sentarte frente al tubo.
Colocás el disco en el centro de la habitación. Sin tocadiscos, sin lector. Sólo lo apoyás sobre el piso y te quedás mirándolo.
La superficie opaca refleja ligeramente el parpadeo del televisor. En cada pulso, te parece ver un fragmento distinto: un rostro, un pasillo, un paisaje en ruinas, una mano que llama a otra mano.
Subís el volumen al máximo. Del parlante sale un ruido blanco más áspero, como estática arrastrando arena.
En algún punto, entre dos estampidos de estática, reconocés una voz distante.
—…no…
—…equivocado…
—…callejón sin salida…
No sabés si viene del televisor, del disco o de algún piso del edificio.
Te levantás. Vas hasta la puerta. Te detenés antes de abrir.
El timbre suena.
Vas al monitor. La imagen tarda un segundo en estabilizarse.
Es Friedman de nuevo. Pero ahora lleva un abrigo largo oscuro y un sombrero, como un detective de serie barata de los 50. Mira hacia la cámara, luego hacia el costado, como si temiera que alguien lo hubiera seguido.
Su mano está levantada, a mitad de camino entre tocar el timbre otra vez y huir.
Podrías abrir la puerta. Podrías dejarlo ir. Podrías apagar todo y quedarte a oscuras.
Recordás lo que dijo la versión andrajosa: que la opción lógica es siempre la equivocada. Que buscarlo a él es un engaño. Que la alternativa contraria, la que incomoda, la que parece absurda, es la que tal vez funcione.
El dedo sobre el pestillo tiembla.
Después de un rato, el señor Friedman baja la mano. Suspira, cansado. Sus hombros se hunden. Se da media vuelta y empieza a alejarse por el pasillo gris.
No abrís.
Te quedás mirando cómo su figura se achica hasta volverse una mancha borrosa. El televisor chisporrotea a tus espaldas, el disco en el piso vibra con un zumbido apenas audible, y en algún lugar cercano las palomas vuelven a repetir su danza mecánica de alimento y demanda.
La casa entera, el edificio, la cantera, la neblina, el basural de datos y los pocos seres que hablan contigo parecen suspendidos en un mismo plano de gris. Como si hubieras quedado atrapado en una serie que no recuerda su propio final.
Mientras la imagen del monitor se disuelve en nieve, te das cuenta de algo simple y terrible:
En este lugar que tal vez sea un sueño, una dimensión perdida o un purgatorio de baja resolución, sólo existen unos pocos interlocutores posibles, apenas menos perdidos que vos. Todos repiten tareas rutinarias con una urgencia que no entienden. Todos creen —o fingen creer— que hay una salida.
Y quizá la única decisión que te queda por tomar, algún día, cuando el timbre vuelva a sonar, no sea abrir ni cerrar, sino apagar el tubo y escuchar qué otras voces se levantan desde la inmundicia.
Por ahora, dejás el televisor encendido.
El ruido blanco llena la casa.
¿Esto no terminó aquí?
No sé, dudo.. ¿habrá algo en Cultivar una idea como ecosistema?


