Termogénesis
Dicen que aquí adentro nada termina, sólo cambia de estado. Yo soy Elina, y sé exactanente cuando comenzó todo.
Me llamo Elina y entro al laboratorio siempre a la misma hora: cuando afuera todavía es noche, pero las cúpulas fototérmicas ya empiezan a recoger la luz imperceptible.
El edificio respira antes que la ciudad.
Paso la tarjeta, el lector emite un chasquido suave y la puerta se abre con un suspiro de aire templado. El pasillo está revestido de placas metálicas antiguas, pulidas hasta volverse espejo opaco. Las lámparas de filamento colgante parecen extraídas de una fábrica de siglo pasado, pero por dentro circula un hilo de datos que las mantiene vivas. Todo aquí es viejo en la superficie y futurista en el interior, como un fósil que todavía con de órganos aún calientes.
El olor me recibe antes que los monitores, una mezcla de tierra húmeda, hierro tenue y algo dulzón que ya no identifico como desagradable. Es un aroma redondo, sin aristas, que se pega a la garganta y al fondo de la nariz. Hace años lo llamábamos “olor a muerte”. Ahora, en los informes, figura como atmósfera metabólica tipo III.
—Buen turno, Elina —dice Pablo desde la cabina de control, sin levantar la vista.
Le respondo con un gesto. No hace falta más. Todos aquí hablamos poco, como si levantar demasiado la voz pudiera alterar el equilibrio de las cámaras.
Las cámaras.
Las pienso así, con mayúscula, aunque en los planos figuren como Reactores Termobióticos Humanos. Son cilindros verticales, alineados en dos hileras paralelas, como una doble columna vertebral de acero y cristal. Cada una aloja un cuerpo. O lo que va quedando de él.
Camino por la pasarela elevada. Debajo, los reactores emiten un murmullo continuo; el ruido conjunto de millones de microbios trabajando, respirando, liberando calor. De vez en cuando, un golpe sordo marca la caída de algún fragmento seco en el lecho de biomasa. Nunca sé si proviene de hueso, carne, cabello enrollado. El sistema ya no diferencia, para él todo es materia y energía.
Ajusto mi terminal portátil al puerto del reactor 23.
En la pantalla aparece el nombre, la fecha de ingreso, los parámetros actuales: temperatura, humedad, tasa de emisión de gas, flujo de lixiviados. Leo los números como si fueran signos vitales de un paciente. En cierto modo lo son. El proceso recién comienza; aún debe elevarse unos grados la temperatura para alcanzar la fase de termogénesis completa.
Coloco la palma contra el cristal. No es un gesto técnico; no figura en ningún protocolo. Es más fuerte que yo.
El calor traspasa el guante y sube por la muñeca, por el antebrazo, hasta el codo. No quema. Es un calor denso, envolvente, como el agua de un baño demasiado largo. Cierro los ojos un instante y me imagino al revés, no yo tocando la cámara sino el interior tocándome a mí, tanteando mi mano desde otro lado.
Abro los ojos. El cristal está empañado en el punto donde apoyé la piel. Retiro la mano, pero el círculo difuso permanece, como si la cámara hubiera respirado contra mí.
Hace décadas, cuando los primeros proyectos de compost humano se aprobaron, todo parecía un experimento excéntrico, casi utópico. Restituir la materia al suelo, cerrar el ciclo, ahorrar energía. Después, la crisis energética lo volvió la ùnica alternativa. Donde antes había cementerios, hoy hay invernaderos térmicos; donde había mausoleos, hay tanques de biogás conectados a las redes urbanas.
Nuestro laboratorio es la culminación de esa lógica: aquí no sólo se descomponen cuerpos; se optimizan. Cada grado de calor, cada molécula de gas, cada gota de lixiviado está contabilizada, asignada a una planilla de consumo. El barrio del este se calienta con el turno de la mañana. Las fábricas del cinturón industrial, con el turno de la noche. No hay desperdicio.
Cuando lo explico en voz alta, en las visitas guiadas, sueno razonable. La gente asiente, algunos se conmueven, otros se incomodan, pero todos entienden. Mejor esto que la tumba fría, mejor ser calor que piedra.
Lo que no digo es que, con el tiempo, dejé de pensar en términos de “mejor” o “peor”. Hay un punto en el que la eficiencia se vuelve algo más que un cálculo. Una especie de devoción.
Bajo de la pasarela y me adentro en el corredor interno, donde las tuberías de cobre y los conductos de vidrio dejan ver el flujo real del sistema. No hay ventanas al exterior. La única referencia al mundo de fuera son las cifras de consumo eléctrico que llegan desde la red y parpadean en pantallas verdes.
En el módulo de lixiviados, la luz es más baja. Los tubos de vidrio transportan un líquido espeso, de color ámbar oscuro, que parece moverse con cierta pereza. Cada cierto tramo, una pequeña lámpara incandescente calienta el vidrio y el líquido burbujea suavemente, liberando microvolutas de vapor. Es el subproducto más preciado del proceso, un concentrado orgánico que se inyecta en los cinturones agrícolas.
Apoyo la frente un segundo en el tubo más cercano. El vidrio vibra apenas, como si tuviera pulso. Pienso, sin querer, que algo de nosotros, de nuestras manos, de nuestras historias, baja por aquí convertido en un jugo denso, para luego nutrir los tallos de tomates, las hojas de la lechuga, la pulpa de las frutas que alimentan a niños que jamás conoceremos. Y no siento horror. Siento… alivio.
Alivio de no terminar en una caja sellada, sola, inmóvil. Alivio de que al menos haya movimiento, viaje, circulación.
—Te va a dar migraña si seguís apoyándote ahí —dice una voz a mis espaldas.
Es Ana, con el cabello recogido en un rodete apurado, sosteniendo una bandeja de sensores.
Sonrío sin girarme del todo.
—Sólo estaba comprobando la temperatura —respondo.
Ella deja la bandeja sobre una consola.
—Los sensores lo hacen mejor que tu frente, ¿sabés? —bromea.
Hay algo en su tono que me despega, por un momento, del hilo de calor al que me estaba aferrando. Me enderezo, acomodo la bata. Caminamos juntas hacia el módulo central.
—¿Viste el 41? —pregunta Ana—. Empezó la fase de ascenso antes de lo previsto.
Asiento. En la pantalla principal, el reactor 41 muestra una curva de temperatura que sube más rápido que las demás.
—Quizá el tejido adiposo era mayor —digo—. O el perfil microbiano venía muy activo.
—O simplemente tenía más ganas de irse —responde ella, medio en serio, medio en chiste.
Me río, pero la frase me queda dando vueltas mientras revisamos los gráficos. Más ganas de irse. Como si descomponerse fuera una decisión, un acto de voluntad. Tal vez lo es, pienso. No durante la vida, sino apenas después, en esa franja borrosa en la que el cuerpo empieza a soltar sus bordes y ya no se reconoce del todo.
El incidente ocurre a mitad del turno.
Una alarma roja parpadea sobre el reactor 31.
En la pantalla, los números se desordenan un segundo: un pico breve de temperatura, seguido de una leve caída de oxígeno. El sistema se corrige solo, abre y cierra válvulas, redistribuye aire. Pero el protocolo exige inspección manual.
—Voy yo —digo, antes de que Pablo lo sugiera.
Me calzo el arnés, la máscara filtrante, los guantes reforzados. Ana me ayuda a ajustar las correas sobre los hombros, sin decir palabra. Hay una gravedad silenciosa en estos gestos, como si envolvieran a alguien que va a entrar en el agua fría.
La compuerta de mantenimiento del 31 está en la base del cilindro. Al abrirla, una bocanada de aire húmedo me golpea el rostro. No es el olor de fuera; es más denso, más íntimo. Una mezcla de bosque y cuerpo. Me agacho, deslizo medio torso dentro del compartimiento de servicio. Desde aquí no veo el interior principal —eso está aislado—, pero siento el calor que sube, envolviéndome hasta el cuello.
La luz auxiliar es tenue. Veo los tubos de aire, los sensores, las resistencias. Uno de los conductos muestra una condensación inusual. Paso los dedos enguantados por la superficie; el plástico tiembla, saturado. El líquido gotea en mi mano y se escurre lentamente hacia el codo. Es solo agua, me recuerdo. Vapor que se condensa y cae. Agua atravesada por millones de moléculas que hace unas horas formaban parte de un cuerpo, de una piel, de un órgano. Pero agua al fin.
—Elina, ¿todo bien ahí? —la voz de Pablo suena amortiguada en el intercomunicador.
—Sí —respondo—. Un poco de condensación excesiva. Voy a drenar.
Mientras hablo, ajusto la válvula de purga. El exceso de humedad sale en una exhalación tibia que me envuelve entera. El respirador filtra los compuestos volátiles, pero hay algo que se cuela igual. La sensación de estar atravesada por un aliento que no pertenece a nadie y a todos a la vez.
Por un momento, olvido que estoy de rodillas, medio metida en un reactor. Cierro los ojos dentro de la máscara. Siento el sudor pegando la bata a mi espalda, la tela adherida a mi cintura, el pulso acelerado en la base del cuello. El lomo del reactor, a pocos centímetros de mi pecho, irradia calor constante, profundo, que se mezcla con el mío hasta que no sé distinguir cuál es cuál.
No hay imágenes. No veo al cuerpo, no lo imagino. No veo vísceras, ni huesos, ni detalles crudos. Lo que siento es una corriente, algo que asciende y algo que desciende, en un intercambio silencioso. Como si, al liberar esa humedad, el reactor me devolviera algo que yo había perdido hace tiempo. La certeza de ser parte de un ciclo más grande que cualquier biografía.
—Elina —insiste Pablo—. Tenés que salir.
Abro los ojos. Ajusto el último tornillo, cierro la válvula, retrocedo. Salgo del compartimiento y la compuerta se sella con un chasquido limpio. El mundo se reduce otra vez a pasarelas, pantallas, protocolos.
—Listo —digo, quitándome la máscara—. Era solo eso.
Ana me mira como si supiera algo más. Tal vez ve mi cara enrojecida, el cabello pegado a la frente. Tal vez es sólo el reflejo de las luces.
—Te quedaste un rato largo —observa.
Me encojo de hombros.
—El calor te hace perder la noción del tiempo —respondo.
El resto del turno transcurre sin sobresaltos, pero algo cambió de lugar adentro mío. Mientras reviso parámetros, mientras ajusto curvas, mientras registro en la planilla la tasa de emisión de cada cámara, siento que ya no estoy “supervisando un proceso”, sino acompañando una transformación que me roza.
El ruido de fondo —ese zumbido conjunto de bacterias, ventiladores y bombas— se me vuelve casi un canto. Un canto sin melodía, pero con ritmo; un ritmo que coincide, por momentos, con mi propia respiración.
Pienso en mis padres, muertos hace años en otro tipo de sistema, más rudimentario, sin estas optimizaciones. Pienso que, de haber podido, yo los habría traído aquí, a este lugar donde la muerte no se cierra sobre sí misma, sino que se abre como una compuerta de calor hacia afuera. Donde nada queda quieto.
Al final del turno, cuando firmo el informe diario, mi mano tiembla apenas. No de cansancio. De decisión.
Hay una casilla al pie de la hoja, en letra pequeña, que siempre había pasado de largo:
“Personal interno: consentimiento para incorporación al programa preferencial. Marcar con una X.”
La miro un momento, sosteniendo el bolígrafo sobre el papel. Afuera, la ciudad empieza a demandar más energía; lo veo en los gráficos que suben, en las curvas que se inclinan hacia arriba. Adentro, los reactores continúan su trabajo, imperturbables, derritiendo formas, aflojando bordes.
Pienso en el cuerpo como frontera, como obstinación. En lo que vi hoy —no con los ojos, sino con la piel— dentro de la compuerta del 31. No vi nada “horrible”. Vi continuidad. Vi que lo que llamamos “yo” es apenas una forma provisoria de sostener juntas unas cuantas moléculas, antes de devolverlas al baile.
Sin pensarlo más, marco la X.
La tinta es mínima, pero se siente como un peso que cae al centro del pecho, no hacia abajo, sino hacia adentro. Como si algo encontrara al fin la dirección correcta.
Salgo del laboratorio cuando el cielo está ya encendido por las cúpulas. El aire exterior es más frío, más pobre. Me abrocho la campera hasta el cuello, pero sigo sintiendo, en la superficie de la piel, la memoria del calor de adentro. Mientras camino hacia la estación, miro las columnas de vapor que se elevan desde las rejillas de ventilación ocultas. Nadie les presta atención; son parte del paisaje. Yo las veo distinto. Sé de dónde vienen. Sé quiénes viajan ahí, en forma de niebla invisible.
Hay algo extrañamente tierno en ese pensamiento. No es consuelo en el sentido habitual. No imagino reuniones en otro plano, ni cielos, ni recompensas. Lo que siento es algo más elemental. La certeza de que no hay caída, sólo mezcla. Que cuando llegue mi turno no habrá un corte brusco, sino una disolución lenta, tibia, acompañada por el mismo murmullo que escucho cada noche al fichar entrada.
En el reflejo del vidrio de la estación veo mi cara un momento: ojeras, labios ligeramente resecos, el cabello recogido sin demasiado cuidado. Pienso en mí como en uno de los cuerpos de las cámaras, pero todavía de pie, todavía entero. Un boceto de materia a la espera de su siguiente forma.
Sonrío, apenas. No de felicidad, sino de reconocimiento.
El tren llega envuelto en un soplo de aire frío. Subo, busco asiento junto a la ventana. Mientras se pone en marcha, apoyo la mano sobre el vidrio y, por un instante, imagino que del otro lado no hay calles ni edificios, sino el cristal templado de un reactor, devolviéndome el calor.
No siento miedo.
Lo que siento es una especie de ternura feroz, un afecto sin destinatario preciso, que se derrama hacia todo... las tuberías, los cuerpos, las bacterias, la ciudad entera alimentándose de la misma fuente.
Pienso, casi en silencio, con palabras que ni siquiera llegan a ser pensamiento articulado:
Perder la forma es entrar en el verdadero contacto.
Mis dedos dejan una huella tenue en el vidrio helado. La retiro. La marca queda un instante y luego se desvanece, absorbida por el frío. Como el empañe de la cámara al principio del turno. Como un aliento que no es de nadie y es de todos.
Cierro los ojos.
Por dentro, todavía estoy tibia.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Narrativas sobre el fin de la naturaleza, la tecnosfera, y la melancolía sistémica, para entender por qué nos volvimos así.
Esto recién empieza.
La cola del Ouroboros se encuentra hacia la Tierra Limpia


