Turno 43
No fue un accidente ni un castigo. Fue algo peor... la exactitud matemática de una vida diseñada para aplastarte al menor descuido.
A Carolina la despidieron un martes a las 10:17 de la mañana. Estaba revisando un Excel cuando la jefa de Recursos Humanos le tocó el hombro y le pidió que la acompañara a una sala. Lo supo al instante. La fórmula era predecible: gesto neutro, sala vacía, carpeta gris.
Salió con una caja en los brazos y la vista clavada en las baldosas. Nadie dijo nada. Algunos fingieron no verla. Otros la miraron con esa mezcla de lástima y alivio: menos mal no fui yo.
Lo curioso es que no había hecho nada mal. Había hecho todo bien. Llevaba siete años llegando temprano, entregando informes, evitando conflictos. Pero la reestructuración era necesaria, dijeron. Eficiencia, dijeron. Los números, dijeron. Palabras que sonaban a leyes físicas, como la gravedad. Inevitable. Lógico.
Volvió a su departamento y se sentó en la cocina con la caja aún cerrada. Afuera pasaban autos, motos, camiones. Todo seguía.
Pensó en cómo había ido cumpliendo el manual sin salirse de línea. Estudiar, conseguir un trabajo, pagar el alquiler, tener cuidado. Como si eso alcanzara para algo.
Y sin embargo, ahí estaba. Como si la vida la hubiera emboscado con una precisión quirúrgica.
No era una tragedia. Era algo peor: una consecuencia.
Y de pronto se sintió como un insecto brutalmente aplastado contra un parabrisas.
No por error, no por azar.
La máquina venía de frente desde siempre. Solo que ella nunca la vio hasta que ya era demasiado tarde.
El golpe fue limpio, seco, inevitable.
Y el mundo siguió su marcha, sacudiéndose apenas el rastro.
Nicolás Andrés Ferreiro-Saez
Obsesionado con el fin de la naturaleza, el poder la escritura y las historias mínimas.
Esto no vino de la nada.
La cabeza del Ouroboros está en Silencios.


